PRESENTACIÓN | Stephan Rudered en el lanzamiento de «Antología desobediente. Familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia»

Presentación realizada en La Cafebrería el martes 27 de mayo de 2025.

Agradezco mucho poder presentar este libro, para mí, es un honor, ya que tenemos una relación de varios años ya con Historias Desobedientes, a través de Verónica. Ellas van a mis clases en la UC para contar sus historias y siempre son las mejores clases. ¿Por qué? Porque rompen un esquema y hacen dudar y pensar a mis estudiantes, algo voy a mencionar en un momento de nuevo.

Ahora, no quiero hablar de algunos textos específicos del libro, sino hacer un comentario, que me surgió después de leer todo el libro, desde tres posiciones o niveles: uno psicológico-humano, uno desde el historiador que soy, y un comentario final más personal:

Para empezar, estuve pensando en el nombre del colectivo y la idea detrás de este concepto de desobedecer. Y para mí, desobedecer significa pensar por sí mismo (y, de hecho, cada uno de los artículos del libro es un manifiesto de este acto de pensar por sí mismo). Eso porque si obedezco algo o a alguien, cumplo sus órdenes sin cuestionarlos, sin dudarlos, sin pensarlos, eso tiene cierto sentido en la guerra y en los militares, y eso probablemente es así en nuestra niñez, cuando obedecemos a nuestros padres, pero en la vida, normalmente en algún momento empezamos a pensar por nosotros mismos. 

    Ahora, y eso es lo primero que quiero mencionar, porque siempre me llama profundamente la atención y lo admiro mucho, cuando leo textos de Verónica o de Historias Desobedientes, son los niveles de profundidad que adquiere este pensar por sí mismo, este desobedecer, en los miembros del colectivo y en estos textos que comentamos. Y quiero describir estas capas de profundidad para que puedan entender a lo que me refiero, (lo voy a simplificar mucho seguramente y pido perdón por eso, y seguramente se me olvidan o no conozco varias capas):

    Primero está la situación de origen, y de hecho mucha gente se queda ahí, y está bien hasta cierto punto: tengo un padre (o tío o tía, etc.) que me quiere, más o menos, pero que es mi padre, y en algún momento me doy cuenta de que participó en violaciones a los derechos humanos, en distintos grados, y bueno, sigue siendo mi padre, listo, lo quiero, quizás no menciono mucho esta parte de su “trabajo”, pero me quedo con mi situación familiar tal cual es, bien, ¿no? Pero aquí viene la primera desobediencia: que me doy cuenta que lo que hizo este familiar mío era horrible, significa hacer sufrir a otra gente (y es un proceso super complicado y dura ese darse cuenta, que describe Verónica en el libro muy bien, es sin querer, es sin darse cuenta, es somático, te toca el cuerpo, te enfermas), ya es algo que requiere mucho valor para hacerlo. Pero en algún momento se toma conciencia y esto  significa otra capa, otra desobediencia, de enfrentar al padre o a este familiar y repudiarlo (no voy a mencionar todo lo que significa eso a nivel psicológico, se pueden imaginar), pero al final, nos podríamos quedar ahí, bien: estamos del lado bueno de la historia, enfrentamos a nuestro padre, nos rebelamos, desobedecimos, listo, seguimos viviendo con la conciencia buena…, pero no, ahí viene otra capa, porque ahora, nos damos cuenta que es un tema que es tan importante, las violaciones a los DD.HH., que tenemos que repudiar públicamente a nuestros familiares, hay que ir a marchas, a tribunales y empezar a luchar por la verdad y la justicia, porque estos son los valores esenciales que hacen que nuestro convivencia como sociedad tenga sentido. Ya no es solamente un asunto familiar. Pero estos actos públicos hacen que uno debería juntarse con otras personas en situaciones parecidas, así nace el colectivo, pero esto te trae otras capas de reflexión, porque no todas reaccionan de la misma manera: tengo que empezar a entender a esta hija que no quiere repudiar a su padre a pesar de saber, tengo que entender a este nieto, que no quiere hablarlo en público, porque le da vergüenza su abuelo, tengo que entender a esta persona que aparece una vez en la reunión del colectivo y después nunca más… y bien también uno se puede quedar ahí, listo, somos cinco en el colectivo, luchamos por el bien de la sociedad, logramos enfrentar a nuestros familiares, listo, pero no…, viene otra capa de reflexión y emoción, porque ahora hay que enfrentar, conocer, acercarse a las hijas e hijos de las víctimas, y de las víctimas a veces directas de mi padre, tío, abuelo, etc., y hay que entender y aceptar su reacción: te pueden aceptar y abrazar y llorar contigo, (lo que pasó y pasa y se describe en el libro), pero te pueden rechazar también y escuchar tu apellido e irse sin ni siquiera conocerte (lo que también ha pasado y puede pasar), y hay que lidiar con estas emociones, la vergüenza, la culpa, el desprecio, pero también la ira con estas personas o la tristeza, que es una ira injustificada, pero al mismo tiempo entendible (si te desprecian solamente por tu apellido, por ejemplo, a pesar de compartir ideas políticas y humanas, pero sabiendo que es un apellido de un perpetrador), pero uno la siente igual, eso tiene niveles emocionales y psicológicos, probablemente indescifrables… pero estas emociones están en este libro y muchos de los Desobedientes hicieron este camino y tuvieron el valor de enfrentarlo. Y te lleva a cuestionar tu propia identidad: ¿eres víctima o victimario? Muchos Desobedientes responden que ninguno de los dos, pero hay que pasar por todas estas capas de emoción y reflexión para llegar a esta conclusión. 

    Y todavía falta otra capa de reflexión y emoción: que es volver a lo personal, a la familia, y acercarse a estas “zonas paradojales”, como los describe tan bien Verónica en su libro para no decir zonas grises como Primo Levi, que es acercarse de nuevo a su padre, tío, abuelo, y entender a esta persona (a pesar de todo lo que se sabe) y quizás incluso sentir algo, algo positivo por esta persona, que es un familiar, pero también repudiar a esta persona por sus actos… y creo que ahí ya entramos a un espacio psicológico y emocional donde nadie puede juzgar y donde nadie sabe cómo reaccionaría y donde solamente nos queda escuchar lo que nos cuentan las y los Desobedientes en sus textos… pero creo que solamente escucharlas y leerlas ya nos hace crecer como personas, ya nos hace madurar un poco y nos hace quizás, ojalá, entender un poco más el valor de la humanidad y de la empatía con el otro… y es por eso que me parece tan importante este libro.

    El segundo punto que quiero mencionar, y que aparece mucho en los textos del libro, es la relación de la memoria con la Historia… como historiador alemán que trabaja mucho sobre los procesos de memoria y políticas del pasado en Chile y en Argentina, me pregunto por qué surgió este colectivo en Argentina, y después en Chile en el momento en que surgió, 2017 en adelante, y por qué no existió algo así, por ejemplo, en Alemania. Y creo que tiene que ver con la Historia de estos procesos de cómo enfrentar el pasado traumático de una dictadura a nivel de la sociedad y de la política. He escrito textos sobre la comparación entre Alemania y Chile en este tema (no los voy a repetir aquí, no se preocupen), y me parece que hay algunos factores que ayudan a explicar el surgimiento de este colectivo y a entender su rol en nuestras sociedades. Una de las grandes y centrales diferencias entre el proceso de tratar el pasado en Alemania después de la dictadura nazi y en Chile después de la dictadura de Pinochet, es el discurso público: En Alemania, durante casi 20 años después de la guerra, hubo algo como un pacto de silencio a nivel de sociedad para no hablar mucho de la época nazi, lo que ayudó mucho a reintegrar a una sociedad que, en su casi totalidad, había colaborado con la dictadura. Pero este pacto de silencio fue acompañado, a nivel político y del discurso público, con un enjuiciamiento claro y ético. Lo voy a decir muy simple: los nazis eran malos, y nadie, ningún político, lo más conservador que fuera, podría haber dicho en público que había participado en la dictadura o que lo había encontrado algo bueno. Esto era imposible, por muchas razones, entre ellos, que Alemania “empezó” como país ocupado y que los aliados nos “ayudaron” con este discurso público. Pero este hecho ayudó mucho a que se pudiera desarrollar una conciencia democrática y que no existiera una gran lucha por la memoria en el ámbito público, ya que en este ámbito el debate estaba zanjado. Obviamente el proceso era y es dinámico y cambiante y hoy sabemos que ni en Alemania estamos libres de un retroceso público brutal y de negacionismo y de glorificaciones públicas de la dictadura nazi, pero este consenso público que existía al principio, y que sigue teniendo cierto efecto hasta hoy, ayudó  mucho al país y, vuelvo a nuestro tema, hizo que no hubo mucha necesidad de cuestionar en público el discurso de la memoria, y quizás por eso no hubo tanta necesidad de crear un colectivo de familiares nazis que repudiaban públicamente estos actos. En Chile, en los primeros 30 años de democracia después de la dictadura, se hicieron muchas cosas, juicios, reparaciones, monumentos, comisiones de verdad –mucho más que en Alemania en el mismo tiempo y mucho más que en muchos países del mundo (aunque no lo crean)– pero, la gran diferencia y el gran problema de Chile es que, en el debate público, nunca hubo una condena clara y ética de la dictadura y que hubo y hay hasta hoy día personas, políticos que colaboraron con la dictadura y que lo puedan afirmar así en público sin que eso lleve a una condena clara. Y es este debate público que hace necesario la lucha por la memoria, sobre todo desde las personas a las que les importan valores como verdad y justicia, y puede que ahí haya una razón por el surgimiento del Historias Desobedientes justamente en los países del Cono Sur. No quiero profundizar eso, solamente mencionar un punto más, que viene de un concepto del historiador Steve Stern, que a mí me hace mucho sentido, que es el de las “memorias emblemáticas”: que son narraciones lo suficientemente amplias para que las memorias individuales de muchas personas puedan identificarse, que se basan en eventos “verídicos” de la historia, y que entran al debate público a través de personas o instituciones colectivas. ¿Por qué menciono esto? Porque creo que Historias Desobedientes significa crear una “memoria emblemática”, que entra al debate público desde un espacio que rompe todos los esquemas en este debate tan polarizado en Chile.

    En Chile, la memoria de la dictadura está muy anclada en el clivaje político. Si soy de izquierda, me importan las violaciones a los derechos humanos y repudio la dictadura, si soy de derecha, trato de defenderla y resaltar “lo bueno”, incluso si repudio las violaciones. Y en este debate, ya no nos escuchamos, porque ya desde antes sabemos cómo piensa el otro y no estamos de acuerdo. Pero este colectivo cruza la línea… son, muchas veces, familiares de familias militares, que deberían estar en la derecha, pero nos dicen cosas que son muy de izquierda, entonces, hay que escucharlos, … como llegaron a estos planteamientos, … por qué no piensas como todo el mundo… entre mis estudiantes muchas veces hay personas con familiares militares y siempre después de la clase me dicen, no he escuchado nunca esto… y eso es tan importante, porque nos lleva a lo central de la memoria: y voy a citar un texto del libro escrito por Loreto Urraca, española, que es descendiente franquista: “la defensa de los derechos humanos no tiene necesariamente que estar vinculada a la pertenencia a un ideario político en particular. Es tratar de conseguir, desde una posición ética, una sociedad que considera a todos sus individuos de forma humanitaria” (p. 161). Como historiador, para mí, esto significa ser democrático, defender la democracia contra todos los otros discursos de memoria, y esto se puede aprender leyendo estos textos.

    Y quiero terminar con un comentario algo más personal, porque soy alemán, y en el libro hay varios textos de nietas de victimarios nazis y hay una sección donde algunos Desobedientes responden a una carta de un escritor alemán que escribió en 1964 al hijo de Adolf Eichmann. El hijo de Eichmann nunca respondió a esta carta, por lo que lo hacen ahora estos textos en el libro. Y todos estos textos me hicieron cuestionar mi propio pasado y mi propia familia, porque soy de esta generación de alemanes que casi no tuvieron abuelos, porque todos murieron en la guerra, pero sé que por lo menos uno de mis abuelos era miembro del partido nazi, y no tengo ninguna relación emocional hacia él, ni siento ninguna culpa personal por los crímenes de los nazis, pero sí creo que todos tenemos que hacer alguna parte de este proceso que describí al principio de darnos cuenta del “mal” que puede hacer cualquier persona, tu padre, tu abuelo, tú mismo, para poder tener la conciencia de tratar de evitar que estos procesos se repitan a nivel de la sociedad. Y esto incluye algo que está en varios textos también, que es “echar” a tu antepasado del linaje familiar propio. Muchos textos hablan de los propios hijos y de que todo este proceso tan doloroso había que hacerlo para que los hijos no carguen con este peso familiar. Y esto no es solamente irse uno mismo de la familia, desobedecer este mandato patriarcal, sino al contrario, “cortar” este familiar para que no herede esta carga a los descendientes. Mis hijas son chilenas y alemanas, y siempre le dijimos que tienen la peor mezcla: tres pasados dictatoriales, la Alemania nazi, la Alemania comunista y el Chile de Pinochet. Pero ellas no cargan con ninguna culpa, ni vergüenza por eso, porque no la tienen, pero sí deben y necesitan saber qué es lo que pasó (también en su familia), para desarrollar esta conciencia democrática que es la base de nuestra convivencia. Y creo que esta conciencia democrática también es la base de este libro, y por eso es tan importante en la actualidad.

    Muchas gracias