PRESENTACIÓN | Pablo Abufom Silva en el conversatorio sobre Palestina a tientas en La Furia del Libro

Este es un libro sobre la imposibilidad. Más precisamente es una crítica de la imposibilidad. Y por eso mismo, creo que puede decirse que es un libro que reivindica la posibilidad de pensar, escribir y hablar de Palestina a pesar de estar asistiendo a la fase más extrema de su destrucción. En pocas palabras, es un libro que contribuye a la necesaria tarea de hacer que Palestina sea posible.

Una de las primeras cosas que aprendimos en la escuela de filosofía es que hay una diferencia entre una crítica a algo y una crítica de algo. El origen de esta distinción es la necesidad de los profesores de filosofía de explicar qué tiene de crítica la “Crítica de la razón pura” de Kant. Supimos entonces que una crítica de la razón era una investigación exhaustiva de la misma y que de algún modo implicaba abandonar cierta ingenuidad asociada al estudio de la razón en las corrientes filosóficas anteriores. Entonces podía hablarse incluso de un Kant pre-crítico, o de una filosofía pre-crítica. Había un antes y un después. Ese examen profundo de la capacidad intelectual humana había introducido, de manera irreparable, un abismo entre la realidad y el intelecto, en la medida en que ya no podíamos hablar directamente de la realidad como tal, sino solamente de las condiciones que hacían posible que la percibiéramos y la comprendiéramos. En el camino de investigar la razón, Kant se encontraba con una imposibilidad que no ha dejado de acechar a la filosofía desde entonces.

Este libro es una crítica de la imposibilidad porque examina de forma intensa e íntima la casi absoluta dificultad para hablar del genocidio palestino. Con una curiosidad empática y rigurosa, los textos reunidos por Paula Arrieta, Paz López y Laura Lattanzi dan cuenta de una catástrofe que se resiste a desaparecer de la vista, como una fuente interminable de imágenes que terminan sobreexponiendo la realidad. El genocidio cegador como el brillo de una explosión.

Pero como lo que explota ante nuestros ojos son las imágenes, y no un misil despedazador, los textos de “Palestina a tientas” son porfiados y mantienen los ojos abiertos, como cuando no queda otra que seguir mirando la carretera después de ser encandilado por los focos del carril contrario. De ese modo, el libro es al mismo tiempo una crítica a la imposibilidad, un desmentido práctico a la idea de que no es posible hablar de ciertas cosas, de que hay algo así como el acontecimiento singular que escapa a toda representación.

Todos los textos incluyen de algún modo una misma confesión: percibo el horror, me inunda la urgencia de escribir, siento la imposibilidad de hacerlo, pero lo hago de todos modos. “¿Hasta cuándo y para qué?” (41), “me topé con un obstáculo” (60), “¿para qué escribir?” (101), “ahora que me invitan a escribir sobre Palestina… me quedo muda” (121), “¿cómo escribir de Palestina mientras sucede su genocidio de manera hipervisible y en vivo?” (159). Y todas se responden a sí mismas en un esperanzador coro de responsabilidad histórica que se resume en una pregunta: “¿Cómo no escribir sobre Palestina?” (159).

En distintos registros, el libro está atravesado por una ética de hacer posible lo que parece imposible a primera vista. El texto de Nelly Richard es el más programático, y establece los términos conceptuales de la batalla contra la irrepresentabilidad del genocidio, continuando el largo debate sobre la imposibilidad de representar, e incluso el presunto deber moral de no representar esa barbarie extrema llevada a cabo por los nazis contra judíos, comunistas y otros indeseables europeos. El texto denuncia esa noción de que el acontecimiento horroroso queda fuera del alcance de cualquier representación, porque esa operación de sacralización del genocidio convierte el dolor y la dificultad en pura impotencia teórica y práctica. “Después de Auschwitz, escribir poesía es un acto de barbarie”, dicen que dijo Teodoro Adorno. Y esa frase se convirtió en una consigna para toda una generación de pensadores de lo imposible, lo irrepresentable, lo indecible, lo intraducible. Una generación de pensadores de la impotencia, es decir, de la derrota convertida en subjetividad.

El genocidio palestino, como todos los genocidios, incluyendo el Holocausto, ha demostrado que esa frase se sostiene en un concepto reaccionario de la barbarie, porque la singulariza y la pone fuera de la historia, y porque hace de la poesía un lujo que se escribe en salones. Pero lo que ocurre en realidad es que la barbarie es la experiencia que hermana a los pueblos oprimidos del mundo, judíos, palestinos y mapuche, y la poesía es al mismo tiempo un arma para combatir el desquicio y un combate cotidiano contra las armas del olvido. Lo que ocurre en realidad es que nunca deja de haber tiempo después de la barbarie.

Este libro contribuye evidencia material a esa resistencia por escrito. Cada texto parece partir de la misma premisa: “no sé cómo decir esto, pero lo voy a decir igual”. Todos exploran a su manera la urgencia de escribir durante el genocidio. Todos desmienten las fantasías eurocéntricas de Kant y de Adorno al mostrar que las palabras son ellas mismas un modo de ser de la realidad, por más doloroso que pueda ser el camino hacia ella. Desde una perspectiva palestinoamericana (palestina y latinoamericana), la imposibilidad es un lujo que no podemos darnos.  Es un lujo que no pudimos darnos durante la dictadura ni nos daremos en los próximos cuatro años de la vía electoral al pinochetismo, es un lujo que el pueblo mapuche no puede darse en su lucha centenaria contra la República colonial de Chile, es un lujo que no puede darse el pueblo palestino en medio de la resistencia contra la ocupación y el genocidio.

Contra Adorno y otros pesimismos inútiles (como el libro “Después de Gaza” de Franco “Bifo” Berardi), los textos “Palestina a tientas” nos recuerdan que en Palestina la poesía es precisamente el modo de habitar la barbarie. En cada página se nos revela que la imposibilidad no es otra cosa que una impotencia inducida por el poder que quiere destruir toda resistencia. Y con ello, nos muestra que la sensación de que quizá es imposible imaginar el genocidio (88), de que hay una crueldad que podría ser inenarrable (128), es el modo en que experimentamos personalmente la fuerza arrasadora del imperialismo, que el temor a que las palabras no sean suficientes es un temor infundido por las tecnologías de guerra, represión y vigilancia del sionismo desplegado, mucho más que una dificultad epistemológica, estética o psicológica.

Mientras que Nelly Richard establece los contornos conceptuales del problema, Laura Lattanzi plantea de manera directa la tarea: “transmitir algo del acontecimiento mientras ocurre” (162). Y allí se inscriben la cartografía de ciudades y experiencias palestinas descrita por Paula Arrieta, el paralelo entre poesía palestina y plantas saxífragas en el texto de Paz López y Marcela Rivera, el ensayo hecho de fragmentos que toman posición escrito por Leticia Obeid, el diario-poema-performance-ópera combativa de Ana Harcha, y la exploración confesional de Alia Trabucco Zerán sobre el dolor de las imágenes y la urgencia de hacer confluir el decir con el hacer.

Hay un momento crucial en el libro, cuando Paula Arrieta encuentra la clave que desbloquea la imposibilidad. Pensando en lo que parece quedar fuera de campo, vuelve a las imágenes de la Intifada, es decir, vuelve al punto de vista palestino, a la experiencia palestina en primera persona, como agente de su historia y no como víctima de la cruel épica del sionismo. Frente a los niños destrozados, aparecen los niños y las niñas insurgentes. Frente a las madres en duelo, emergen las madres guerrilleras.

Este ejercicio permite confrontar de algún modo la filosofía kantiana de lo inaccesible y el pensamiento de lo irrepresentable, y revelar un aspecto central de la operación colonial del sionismo. El imperialismo europeo y estadounidense reforzó su asentamiento colonial israelí con una ideología que ubicaba la urgencia y la necesidad de un hogar nacional judío como una respuesta al Holocausto, justificando toda violencia como un acto de autodefensa retroactiva. Pero hoy, con más evidencia que nunca, se hace presente la historia real de Israel: una colonización que empieza a fines del siglo XIX como un proyecto imperial, que precede por medio siglo al Holocausto y que por lo mismo no puede ser instrumentalizado para justificar la limpieza étnica de Palestina. Al mismo tiempo, queda en evidencia cómo el sionismo se propone expulsar de la historia a la tradición antisionista dentro del judaísmo, a aquellas corrientes rebeldes que nunca aceptaron la colonización de Palestina como una respuesta al antisemitismo europeo. Así, del mismo modo que la porfiada realidad nunca ha dejado de poner en cuestión la epistemología kantiana de una cosa en sí inaccesible, la realidad de la colonización de Palestina y de su pueblo en resistencia no deja de acechar el proyecto sionista.

En la misma operación de ubicar al Holocausto como acontecimiento absolutamente excepcional, que no puede compararse con nada y que otorga derecho a todo, el sionismo oculta que Israel es un proyecto genocida desde su concepción en los salones de la burguesía imperialista europea. Y visto así, la imposibilidad de acceder a la realidad como tal, la sacralización del acontecimiento y la invisibilización de los palestinos como agentes de la resistencia constituyen hoy una triada perfecta para justificar el silencio y la complicidad.

Pero en este libro encontramos un antídoto. Las políticas y las filosofías del afuera habilitan un pensamiento que impide situar en una misma historia el gran genocidio americano, africano y asiático durante la expansión colonial del capitalismo, el genocidio armenio, el Holocausto, el genocidio en Darfur, el genocidio en Palestina. Es un pensamiento chovinista y ahistórico, que se opone al internacionalismo que encuentra afinidades entre los condenados de la tierra. En contra de ese pensamiento, “Palestina a tientas” ensaya una escritura con historia y en la historia, que rompe toda ilusión sobre la imposibilidad de ver, describir y hacer algo contra el genocidio. Los textos nos enfrentan a una certeza brutal: abrazar la imposibilidad es un modo de la complicidad, y escribir a pesar de todo es la única forma de ubicarse en el lado correcto de la historia, con los dos pies en la tradición de los oprimidos. A tientas, que no es lo mismo que en silencio.

21 de diciembre de 2025.