ARTÍCULO | Nueve nuevas ensayistas chilenas (y las autoras que leen)

El texto de Ariel Florencia Richards y publicado en la revista Dossier de la Universidad Diego Portales aborda la escritura de autoras nacionales, entre las que cuenta a Paula Arrieta y Paz López, ambas autoras de Tiempo Robado editoras.

Le tomamos el pulso a un pequeño suceso editorial. Florece un tipo de ensayo escrito por mujeres, intimista, fragmentario, generoso, libre y cada vez más leído. ¿Quiénes lo escriben?

De que hay una nueva generación de mujeres ensayistas en Chile, no hay duda. Pero de ahí que constituyan una escena es otra cosa. Para abordarlas en conjunto, más allá del género o de los géneros, pensé que lo mejor sería preguntarles qué leen. En parte porque creo que escriben a partir de sus lecturas, pero también porque tengo mi propia teoría sobre una autora latinoamericana que las vincula: una escritora publicada hace diez años en Chile que transformó la manera en que se cruzan la vida y el arte. Aunque la verdad es que nunca se sabe, porque cuando les pregunté a estas nueve ensayistas a quién se debían, no fue a ella a quien más mencionaron, sino a una escritora y política italiana, que está a medio camino entre la autobiografía y el ensayo. ¿De quiénes se trata? Hay que leer para averiguar. 

¿Una escena? 

“Está ocurriendo una reconfiguración del campo del ensayo, donde muchas mujeres comienzan a hacer lugar a lo impensado”, dice la filósofa Andrea Soto Calderón. Y agrega que no se trata de ocupar posiciones que ya existían, “sino de introducir problemáticas que no eran acogidas por las formas de pensamiento precedentes”. Para ella, esta novedad ha implicado, por lo mismo, cambios en las formas de escribir, pensar e intervenir en lo público. 

Doctora en Filosofía y profesora de Estética y Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona, Andrea es autora de una serie de libros cortos y potentes en los que ha reflexionado sobre las imágenes y las superficies. Y sin quererlo, con ellos ha contribuido a perfilar una nueva generación de ensayistas chilenas. Recuerda que llevaba un buen tiempo trabajando en la academia cuando comenzó a escribir La performatividad de las imágenes (Metales Pesados, 2020) y sintió la necesidad de sacudirse de herencias conceptuales que no le permitían pensar. Dice que fueron sus mentores –su tutor, Jacques Rancière, entre ellos– quienes le enseñaron la importancia de abrirse un camino y autorizarse en el pensamiento: “Pensar es ensayar, no es transmitir una verdad que deba ser adquirida”. 

Su escritura es clara y al callo, y en sus libros sortea la estructura académica para proponer conceptos y relaciones de manera novedosa y audaz. Su prosa se mueve con destreza en áreas densas y lo hace con un lenguaje sencillo, luminoso. Su forma de filosofar no es excluyente ni enredada, sino directa y asertiva. Cuando pienso en ella, no puedo dejar de evocar la definición que hace de las imágenes como “la herida de un trayecto”, y en su propuesta de pensarlas como entidades que se desgarran de la representación para abrirse “y así mostrarnos algo más”. Su pensamiento, además, funciona como un prisma que permite comprender a autores más crípticos (leyéndola, me cayó mejor Platón; y conocí la obra del artista Oriol Vilapuig). 

Esta asertividad a la hora de nombrar, junto con leer clásicos o canónicos y proponer abordajes creativos y sacudidos de la impostura académica, parece ser una característica que comparte con otras autoras nacionales más o menos de su edad, y es de lo que quiero hablar aquí. Aclaro que me referiré a una selección acotada y arbitraria de ensayistas, una lista breve que no pretende dar cuenta de un panorama general. Pero por alguna parte hay que empezar. Hace un tiempo recibí un correo de la editora de Dossier en el que me invitaba a escribir sobre “un grupo extremadamente interesante que se ha estado conformando”, una nueva generación de ensayistas chilenas. Andrea mencionaba que casi todas tenían uno o más libros publicados y que todas o la mayoría eran cercanas a la literatura, la filosofía y la estética. Le pregunté si podía agregar dos nombres a la lista que me propuso y, como ella aceptó, yo acepté. Así quedó planteado el encargo de abordar el momento de Paz López, Paula Arrieta, Macarena García Moggia, Trinidad Silva, Andrea Soto Calderón, Marcela Rivera Hutinel, Amalia Cross, Catalina Porzio y Marcela Labraña.   

Cuando contacté a esta última –escritora y profesora, además de curadora y fundadora de La Oficina de la Nada–, me hizo un par de aclaraciones: “La mayoría de las ensayistas que mencionas son bastante más jovencitas que yo”, me dijo Marcela. Y luego reconoció que muchas eran amigas cercanas. “Las adoro, las admiro y las leo”. Coautora de ¿Quién le teme a la poesía? (Laurel, 2019) y autora de Ensayos sobre el silencio (Siruela, 2017), un libro en el que despliega con elegancia los aprendizajes adquiridos durante el doctorado que cursó en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Marcela dice que todas comparten un interés por la forma en que se arma una frase y una imagen. A todas les importa cómo se inicia un capítulo o se proyecta la estructura de un libro.  

“Aunque no les he leído todo, intuyo que otro elemento en común puede ser la necesidad de mostrar o ‘aterrizar’ los temas que abordamos recurriendo a pinturas, letras de canciones, versos o escenas de una novela o película”. Concuerdo: independientemente de sus disciplinas, que van desde las artes visuales hasta la filosofía antigua, en los libros de Labraña, Porzio, Cross, Soto Calderón, Rivera Hutinel, Silva, García Moggia, Arrieta y López aparecen ellas, sus experiencias vitales, las cosas que les gustan o les inquietan. Aparecen sus orígenes, a veces sus biografías y muchas veces algo que no comprenden del todo y desean comprender a través de la escritura.  

Sin embargo, lo que las define no es la subjetividad ni la primera persona. No responden al “yo pinto lo que veo y no lo que otros acceden a ver” con el que definió Manet su pintura. Lo que sorprende en esta nueva generación de ensayistas chilenas es que ni la individualidad ni la originalidad de los temas que abordan son tan importantes como el cuidado con que escriben. Sus poéticas implican la construcción prolija de una autoría escritural. “Veo en varias de nosotras cierto afán por la descripción minuciosa, un amor por los detalles que, al menos en mi caso, me sirven para rehuir la grandilocuencia y las certezas lapidantes”, dice Marcela Labraña. Es que los temas, para ella, son excusas para comenzar a divagar, para abordar asuntos que les atraen y a los que se acercan con el fin de entenderlos. Gracias a esa operación y al deseo de compartir el conocimiento adquirido, transmiten una visión de la vida que también refleja y refracta una época marcada por ensayos sobre cómo la experiencia individual puede conectar con la colectiva.  

Sin jerarquizar a esta generación, me parece que Soto Calderón y Labraña funcionan como dos autorías basales y comunicantes que abren una relación entre la rica tradición de ensayistas chilenas consagradas y sus colegas más jóvenes. Y no lo digo porque sean las mayores, sino porque fueron las primeras de este grupo en empezar a publicar.  

“Me siento parte de un desajuste, de una especie de extrañeza, improbable por mi propia biografía”, dice Andrea, pero apunta a que de ahí a formar parte de una escena hay una diferencia. “La escena no es una alegoría que se construya para ilustrar una idea; la escena es, de entrada y por principio, un encuentro”. Sus primeras traducciones datan de 2008 y 2009, más o menos en la misma época en que Marcela publicó su primer libro, Mil versos chilenos (Ediciones B, 2010), en colaboración con su pareja, el poeta Felipe Cussen.  

Pero, como decía, ni Soto Calderón ni Labraña surgieron de la nada. Tampoco son la contraparte de una escena masculina, sino que provienen del campo intelectual y son posibles gracias al trabajo de sus antecesoras. A ensayistas, escritoras y filósofas que se abrieron paso y publicaron en una escena dominada por hombres. Gabriela Mistral y Julieta Kirkwood, sólo para nombrar a dos pioneras del siglo pasado cuyo impacto sigue vigente. La filósofa Carla Cordua, quien en diciembre cumplió cien años, y la sólida Adriana Valdés, de ochenta y dos. La lúcida Alejandra Castillo. 

Desde los estudios culturales y con más de cuatro décadas de escritura crítica, está Nelly Richard, y junto a ella la destacada Diamela Eltit, con una producción intelectual y artística ampliamente reconocida. Además, ambas han abierto el campo a nuevas autoras y sus pensamientos, guiando tesis y dirigiendo proyectos creativos. Desde la crítica cultural y los estudios de estética destacan Lorena Amaro y Patricia Espinosa; y en los cruces entre literatura, pensamiento y ensayo la lista podría continuar con Lina Meruane, Andrea Jeftanovic, Constanza Michelson y Alia Trabucco, que acaba de publicar el libro de ensayos Las otras

Son sólo algunos nombres, porque lo cierto es que durante el siglo XX muchas quedaron a la sombra de sus pares masculinos, ante el brutal sesgo de género que se atribuía al pensamiento crítico, reflexivo o especulativo. Por eso la investigadora Ana María Cristi trabaja en una investigación sobre autoras menos conocidas titulada “Fabulaciones micropolíticas en escritoras durante el siglo XX en Chile. Hacia un atlas escritural del ensayo (1940-1990)”. “El mínimo espacio que quedó para las mujeres intelectuales se encasilló en un tipo de texto más bien sociopolítico, que suscitaba inquietudes sobre el lugar de la mujer”, dice Cristi, quien incluye en su corpus a Magdalena Petit, Pepita Turina, María Carolina Geel, Alicia Morel, María Urzúa, Marta Brunet, Margarita Aguirre y Matilde Ladrón de Guevara. Se trata de escritoras que reflexionaban sobre las filosofías de otras autoras, como Simone de Beauvoir, “discutiendo con ellas, proponiendo alternativas y fabulando”.  

Uno de los aspectos más interesantes de este rescate tiene que ver con ese vínculo entre sus roles de escritoras y lectoras. Ana María dice que las lecturas y referencias de las ensayistas del siglo pasado muestran la singularidad de sus trayectorias en una especie de biblioteca personal, “donde el relato acerca de la experiencia de género siempre está presente, aunque de manera solapada o tangencial”. 

Filiaciones y estilos 

Cuando le pregunté a Paz López, profesora del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile, qué libros o publicaciones la habían formado o impactado en su forma de escribir, respondió con un ineludible “Nelly Richard”. Y afirmó que sus catálogos, escritos en la década de los ochenta, le permitieron ver que la crítica cultural es una práctica del texto más que una reflexión sobre un objeto cultural concreto. “Un espacio que promueve el contacto entre disciplinas y no su aislamiento”, me dijo. Para Paz siguen siendo fundamentales las posiciones políticas de Nelly Richard, siempre, en primer lugar, sensibles. “Lo político es, desde su primera configuración, una cuestión estética. Diría que en sus textos no ha dejado nunca de ejercitar el disenso como forma de reafirmar la amistad intelectual y de exponer sus propios argumentos a la prueba exigente de la polémica”. Esta forma de pensar, en la que el saber es una experiencia de búsqueda incesante más que un acopio de resultados transferibles, es también parte de la identidad autoral de Paz López. 

Su libro más reciente, el premiado ensayo Pánico y ternura (Lumen, 2024), va por la tercera edición y ha tenido una cálida recepción crítica y del público. Un “hito impensado”, lo llamó Pablo Marín en El País, “agudo y sensible” y, mi favorita, “una lectura para sentir y pensar”. Una obra íntima, sofisticada y brillante que trata de la ternura, sin duda, pero que aborda con igual ahínco la memoria, el arte, la lectura, la identidad, el dolor y el amor. Paz ocupa el género para que ingresen varios registros, como la filosofía, la poesía e incluso la música. Y, como decía alguien más, su libro no sólo se lee, se siente. 

Esto me llevó a pensar en cómo el giro afectivo en el campo cultural –ahondaré en esto más adelante– coincidió en Chile con la vuelta a la democracia y también con la formación de una serie de autoras y autores que, a principios de los noventa, estaban lidiando con la adolescencia y la construcción de sus identidades. Si el contexto opresor que dio origen, por ejemplo, a la Escena de Avanzada requirió, de su articuladora o pensadora principal, el finísimo trabajo de reconceptualizar los lenguajes artísticos de la cultura, el contexto posdictadura fue otro y estuvo marcado por la irrupción brutal de una economía de mercado, por el acceso a información globalizada y por los estudios sobre el trauma, el duelo y la posmemoria desde un punto de vista afectivo. 

No es casualidad, por lo mismo, que algunas de las producciones de estas ensayistas graviten en torno a la estética relacional y política de los cuidados. Y si bien esta “nueva generación” piensa y aborda la dictadura y la transición a la democracia con un punto de vista crítico que pone en evidencia sus problemas, les suma otras heridas y entran en operación otros criterios de vigilancia sobre el lenguaje.  

La censura y la autocensura están quizás más próximas a evitar lo que se ha denominado “narcisismo testimonial” o “mercado de la intimidad”. Para Paz, el ensayo es una escritura apegada a la vida como experiencia y no a la biografía. Por eso apuesta por poner en escena la fragilidad del pensamiento, exhibido con todos sus tropiezos, junto a episodios biográficos velados o apenas insinuados. “Creo que nos une una voluntad de hacer que los asuntos o temas que trabajamos salgan de las esferas resguardadas del saber para ir hacia zonas más mundanas, cuidando de no separar demasiado la escritura, la teoría y la experiencia”, dice. De hecho, su Pánico y ternura es una constante negociación entre esa tríada y está siempre en entredicho lo íntimo que se reserva y lo público que se narra.  

“¿Cómo vivir sin convertirnos en islotes replegados sobre nosotros mismos y evitar, sin embargo, volvernos una masa indistinta?”, se pregunta allí. Me gusta que este tipo de inquietudes sobre la soledad encuentren respuesta en su propio devenir de pensamiento: “De cualquier manera, exultante o infernal, esa grieta que hay entre mi cuerpo y yo –y que quizás podríamos llamar deseo– es la que pone en marcha la vida”, dice. Paz escribe desde la experiencia compartida de tener cuerpo. Lo hace cuando afirma que la ternura, como idea, no tiene una consistencia material ni está nítidamente entre las cosas del mundo. “No tiene, como la pena, una parte del cuerpo a la que esté unida de forma especial”. La ternura, dice, consiste en “acoger esa horda de fuerzas convulsas que han ido esculpiendo una vida”. Pero este efecto de pensar y sentir desde el cuerpo tiene un revés: como lectoras no nos imaginamos necesariamente una vida, sino su vida.
 

Al observarse a sí misma y a sus pares ensayistas, la diseñadora editorial y escritora Catalina Porzio prefiere hablar de generación antes de escena, porque comparten condiciones históricas de manera directa. “Conozco a casi todo este grupo de mujeres; algunas son mis amigas y las he leído con placer. Pienso que sus formas de escribir son muy cuidadas y, a su manera, atraviesan el problema de la escritura con acierto y delicadeza”. Dice que cada una maneja su propio archivo y lo dispone con destreza a la hora de escribir. “Tenemos fraseos y velocidades distintas; algunas se inclinan hacia reflexiones más íntimas, psicológicas, más pausadas, y otras son más proclives al exterior, buscan el paisaje o lo que está afuera. Son más ágiles”.  

Como lectora, la experiencia de Catalina ha sido variada; por ejemplo, Pánico y ternura de Paz López le pareció escrito con elegancia y la llevó a un tiempo pausado, “quizá por la intimidad de sus reflexiones”. Dice que se fue quedando pegada en algunos párrafos, como rumiando imágenes. Por el contrario, Ensayos de una casa, de Macarena García Moggia (Alquimia, 2024), lo leyó de un tirón, “que es un elogio pero también una cualidad sobrevalorada”.  

Sobre Paula Arrieta –otra de las autoras que forman esta lista– y su serie de libros publicados desde 2018 en la editorial Tiempo Robado, Catalina dice que, con un lenguaje llano, logra armar viñetas lúcidas y muy bien contadas. Una operación distinta a la que hace Marcela Labraña en sus Ensayos sobre el silencio, “ya que ese libro proviene de una investigación exhaustiva y logra componer un panorama rico desde distintos flancos, apoyado en imágenes y documentos, en una suerte de erudición volcada en una lectura amable”.  

Catalina cree que los ensayos de sus pares transitan entre el interior y el exterior, dándole una abertura inusitada a la relación con los objetos y los espacios cotidianos. También le llama la atención que la mayoría de los libros de sus colegas sean breves, salvo Ensayos sobre el silencio de Labraña, que proviene de una tesis académica, y Astucias (Roneo, 2025) de Trinidad Silva, que tiene más de doscientas páginas. “Veo en lo breve un factor común que se ha estado dando en la escritura de mujeres. No sé si es por el modo de escribir o si se debe a un criterio editorial que puede estar fundado en acomodar los libros a un supuesto público lector”.  

Sobre su libro más reciente, Ensayo del agua (Mundana, 2025), lo considera más bien exterior. “A través de la escritura busco espigar imágenes, lecturas, películas, anécdotas y observaciones cotidianas que monto digresivamente. Por eso decidí no capitular y jugar con el ritmo del agua. Vaya a saber si funciona o no”. Y, por supuesto, funciona: el ensamblaje está hecho con maestría, las ideas han sido decantadas y el resultado no solo es entretenido sino que hermoso: “un caleidoscopio narrativo construido mediante citas, con retóricas diversas, que se vuelve deslumbrantemente vivo”, como señaló en su momento una reseña en Paula. En su producción anterior (La tercera mano, ViñamarinosAlfabetos desesperados) lo que Porzio había explorado es una poética del fragmento y la cita, tan marcada que generó inquietudes en alguna que otra reseña: “… ¿qué tanto de la obra es de Porzio si las voces reunidas son de otros?, ¿no será más adecuado firmar como ‘antologadora’ o ‘compiladora’?”, se preguntó Juan Ignacio Silva en la Revista Santiago cuando publicó Alfabetos desesperados (Laurel, 2020). “Es un volumen difícil de definir”, dijo el periodista Roberto Careaga en El Mercurio: “El libro contiene historias de desesperación, pero también de ganas de crear lenguajes privados y excluyentes”.  

Por la época en que se publicó Alfabetos Catalina hizo una afirmación que define esa frontera de la autoría: “No siempre queremos ser transparentes”, dijo. “Si bien el alfabeto, como conjunto de signos heredado, ayuda a tender puentes entre las personas, quebrarlos es también una necesidad para dar cabida a zonas más remotas o que no se ajustan a las palabras que manejamos convencionalmente”. Por eso su atención está puesta en los quiebres de sentido.  

No es casual que estas ensayistas se valgan de tácticas como el montaje, que viene del cine, o el ensamble, que viene de las artes y el diseño. Si en Viñamarinos. Aburridos, excéntricos, decadentes (Laurel, 2015) Catalina rearmó la historia del balneario a través de decenas de voces, y en La tercera mano (Alquimia, 2015) ensambló “algo cercano a un manifiesto estético de Adolfo Couve”, en Alfabetos habló del lenguaje. Y lo hizo echando mano de libros, artículos de prensa, blogs, poemas, entrevistas radiales y textos de museo, junto con sus propios recuerdos como 

viñamarina, diseñadora y ávida lectora. Así, sus proyectos ensayísticos tienen que ver directamente con quién es, con su oficio y con lo que le gusta.  

“Me encantaría pensar que escribo como las ensayistas de esta generación”, dice Trinidad Silva. “Y si algo me une a ellas es haber sido testigo de cambios paradigmáticos en torno a la influencia de la voz femenina en los medios públicos e institucionales”. Cuando le pregunto qué es lo que singulariza, supone que es aquello que está determinado por el objeto que examina. “Me siento una deudora, en toda mi escritura, de la formación que he recibido en literatura y filosofía antigua”, dice.

En su recientemente publicado Astucias (Roneo, 2025), Trinidad lee desde a Homero hasta James Joyce, pasando por Dante y Baricco, para comprender la noción de astucia en la antigua Grecia. Según plantea, se trata de una capacidad ligada al cuerpo: algo físico, cambiante, escurridizo, propio de dioses, animales y humanos que actúan al margen de las normas. A través de una escritura pulcra nos enteramos de que en el universo mítico esta cualidad aparece encarnada en Zeus, quien la incorpora al devorar a su primera esposa, Metis, por miedo al hijo que podría engendrar; o en Prometeo, quien desafió a los dioses al robarles el fuego para entregárselo a los mortales. 

La escritura de Trinidad es ágil y cercana, lo que hace que un tema que podría resultar pesado se vuelva entretenido. “La astucia es también una forma de omitir y engañar; no por nada en el libro se menciona a Trump”, escribió la gestora cultural Emilia Macchi en su reseña en Goodreads. Y luego: “Leyéndolo, me acordé de Parisi en la parte de los sofistas, quienes no se dejan encasillar”. La traída al presente de temas fundacionales de la cultura antigua funciona como gancho, pero también como metodología de escritura que va y viene, y entre medio disemina conocimientos. “Una agradable sorpresa editorial: un ensayo novedoso, provocativo y estimulante”, dijo Andrés Gómez en La Tercera

Y ese es otro aspecto circunstancial que también reúne a varias ensayistas “nuevas”: sus textos se publican en un puñado de editoriales semejantes, la mayoría pequeñas y con catálogos muy personales. Casi todas, por ejemplo, han publicado o colaborado en Mundana, dedicada a ensayos sobre artes, poesía y filosofía. La ensayista y poeta Macarena García Moggia, su fundadora y editora desde 2017, dice que “verlas juntas me produce mucha alegría”. Fue esta observación la que me hizo pensar en otra figura fundacional y de la que se desprenden varias filiaciones: Cynthia Rimsky. Una autora anómala que, con su exquisita exploración de géneros, también ha desplazado los límites entre novela y escritura documental. Rimsky no abandona jamás la extrañeza con la que se mueve entre la ficción y la experiencia autobiográfica. Su elegante trabajo con archivos, proyectos breves y operaciones híbridas llegó también a Mundana, donde publicó En obra (2018).  

La propia Macarena García Moggia publicó recientemente Ensayos de una casa (Alquimia, 2025), del que Luis Felipe Alarcón escribió que no son solo siete ensayos sobre el muro, la cama, la mesa, la ventana, la puerta, el cielo raso y el suelo: “Hay también, hilándose entre uno y otro texto, una historia de los intentos por construir esas estructuras de protección y cobijo que, como sabemos, no son nunca estables”. Y si, como una puerta, una moneda o una ventana, todo lo que se relata en Ensayos de una casa tiene dos caras, es porque quizás Macarena se construye como autora en la medida en que se transparenta como lectora.  

Alarcón señala que dentro del libro no hay una historia sino una cantidad potencialmente infinita de evocaciones que forman una corriente, a ratos incluso un torrente. “Tal palabra hace pensar en un poema de Lihn, tal otra en un relato de Solnit. Otras llevan a una vivencia infantil, a una pequeña escena conyugal o a un temprano viaje al norte, una aventura solitaria”. Y ocurre de nuevo que no es el ensayo de una casa cualquiera; sino que parecemos estar leyendo el ensayo de su casa. 

Espejar al arte
 

Otra de las ensayistas que se están leyendo con interés es la historiadora del arte y curadora Amalia Cross, autora de Álvaro Guevara. La tela, el papel y el cuadrilátero (Mundana, 2019) y Crónica de un hombre puzzle. Enrique Lihn como Gerardo de Pompier (Bastante, 2025). Amalia supone que al grupo lo une la escritura sobre arte. Y es que todas sienten una debilidad o sensibilidad particular por lo visual: “Nos gusta pensar lo que nos hacen las imágenes y lo que nosotras hacemos con ellas”, dice. 

Además de hacer clases en el Instituto del Arte PUCV, Amalia es curadora y en ese rol estuvo a cargo de Carlos Leppe, el día más hermoso (MNBA, 2024), y de Gonzalo Díaz, pintor (Il Posto, 2025). Hoy su trabajo curatorial se puede ver en el Museo de la Solidaridad, donde está montada hasta agosto la muestra Del amor que mueve el sol y las otras estrellas, con piezas de la colección del MSSA que van desde Leonora Carrington hasta Lygia Clark, pasando por mujeres muralistas anónimas y Yoko Ono. 

Amalia se ha especializado en el estudio del arte chileno y le interesan las instituciones, las trayectorias y las vidas de los artistas, especialmente sus puntos ciegos, sombras y reveses, por eso sus textos plantean preguntas sobre lo que no ha sido suficientemente revisado. Sostiene que en la escritura explora, reflexiona y descubre relaciones. “La investigación como experiencia –en relación con los temas que abordo y la aventura que detona ese proceso de pérdidas y hallazgos– es la que determina mi escritura. Y no al revés”. 

A la artista Paula Arrieta también le atraen los debates por la autoría y los puntos ciegos en la historia del arte. En su excepcional Si muere Duchamp (Tiempo Robado, 2021) revisó el caso de Marcel Duchamp para interrogar desde el presente si fue él o no el autor de la célebre La Fuente (1917), un urinario de porcelana invertido que se convirtió en la obra fundacional del arte conceptual y que, según varias investigadoras, pudo haber sido creación de la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven. 

En el prólogo de ese inquisitivo libro Alia Trabucco recurre a Adrienne Rich cuando dice que “releer es la labor feminista por excelencia”. Para Alia, esta relectura de Paula en la historia del arte desvela las tramas del poder que subyacen a algunos mitos sobre los que se erigen ciertas disciplinas. Y lo hace proponiendo preguntas que nos invitan a desmontar esas nefastas mitologías y creencias. Alia dice que Si muere Duchamp es un “impecable trabajo de investigación que rescata murmullos, misivas, silencios y disputas” y que su autora “se mueve con agudeza entre las artes plásticas y el derecho, la literatura y la propia vida”.  

De hecho, el libro incluye una terrible escena que vivió la autora como estudiante en Beauchef, pero su narración, más que insertarse en la “cultura de la confesión”, está al servicio de un objetivo estético: desarmar sistemas opresivos e inquietar la figura masculina del genio. 

Paula dice que se debatió entre agregar o no relatos autobiográficos porque temía que se vieran innecesarios, gratuitos, y que terminaran restándole seriedad. Pero, como apuntó Andrea Palet en la presentación que hizo del libro, esos pasajes de su vida son determinantes para dar impulso al ensayo.  

Cuando le pregunto qué la une a esta “nueva generación”, dice que, además de relevar la literatura, el arte y en su caso la historia para generar reflexión crítica y nuevas miradas, cree que las vincula el no dejar fuera la dimensión colectiva de la experiencia personal. “Veo ahí una postura política y un compromiso ético”. 

Esta necesidad de cruzar las disciplinas que comparten Paula, Amalia, Catalina, Paz y Macarena está atravesada por un interés visceral por las artes visuales. Podría ser una característica de la generación: desde Andrea Soto Calderón y su exhaustivo estudio de las imágenes, pasando por Marcela Labraña y su obsesión con el trabajo de Yves Klein, hasta el interés de Macarena García Moggia por la obra de Duchamp. Incluso la más filósofa de todas, Trinidad Silva, tiene un proyecto con su hermana Valentina, diseñadora y artista visual, en el que crean, diseñan y publican libros infantiles sobre filosofía y lenguaje en los que las imágenes son fundamentales. 

Pero no se trata, en ningún caso, de perpetuar el sesgo de una escritura excluyente o hiperacadémica de las artes, sino de valerse de la imaginación y la creatividad para hacer circular sus ideas a nuevas lectoras, más allá o más acá de los formatos convencionales. Quizás estos cruces entre ensayo y autobiografía recurren tanto al arte como a un tema como a un instrumento: un espejo que se va moviendo entre una y otra, guardando siempre puntos ciegos y zonas que nunca se reflejan y otras en las que aparece más de una.  

Hay en el mundo una serie de escritoras que hace ya más de una década vienen explorando esa metodología. Rachel Cusk, por ejemplo. O la británica Olivia Laing, crítica literaria de The Guardian y autora de una serie de exquisitos libros que van desde su novela Crudo hasta el ensayo autobiográfico El jardín contra el tiempo, que orbita en torno a la reparación de su patio casero, similar al escenario que propone En obra, de Cynthia Rimsky. Pero quizás el libro que mejor ilustra su relación con el arte es su excepcional La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, donde su cambio de casa por amor y la posterior ruptura amorosa la llevan a enfrentarse a su propia soledad. Pero su biografía no es lo principal, dijo la periodista Silvia Cruz Lapeña en una reseña, “porque lo que hace Laing con su historia personal es convertirla en el hilo con el que conduce al lector a un mundo plagado de referencias artísticas e historias de otros solitarios que hicieron, como ella, de su desamparo un arte”. 

Así, La ciudad solitaria lidia con la vergüenza de la autora, con la idea de aislamiento, dolor y creatividad, pero el quiebre sentimental se transforma en la excusa de la investigación y Nueva York es el escenario para observar a una serie de virtuosos (y trágicos) artistas que experimentaron antes que ella la soledad.  

Luego pienso en la virtuosa Maggie Nelson, poeta conocida por desafiar las clasificaciones: trabaja la autobiografía en relación con la crítica de arte, la teoría de género, el feminismo y la violencia. Piensa en la historia de las vanguardias siempre desde la teoría estética y la filosofía, pero también desde su propia cotidianeidad. Su poemario Bluets es un libro de prosa en segmentos numerados que trata sobre el dolor, el placer y los consuelos, todos vinculados por el color azul. Se volvió un clásico de culto y uno de los diez mejores libros de los últimos veinte años según Bookforum. Su primer “verso” funciona –para mí– como un portal de acceso a esta “nueva generación de ensayistas chilenas” que recurren al arte para espejar y ampliar los cruces entre teoría, pensamiento y experiencia. Dice: 

Supongamos que fuera a comenzar diciendo que me enamoré de un color. Supongamos que fuera a hablar sobre esto como una confesión; supongamos que hice picadillo mi servilleta mientras hablábamos. Comenzó lentamente. Una apreciación, una afinidad. Después, un día, se volvió más serio. Entonces (mirando hacia una taza de té vacía, su fondo manchado con un delgado excremento café enroscado en la forma de un caballo de mar) se convirtió de alguna maneraen algo personal. 

Esta conversión hacia lo personal es propia del giro afectivo que, entre otras, propuso durante los noventa una de las maestras de Maggie Nelson, Eve Kosofsky Sedgwick, quien no solo incorporó el afecto como un nuevo objeto de análisis sino que reformuló la práctica crítica misma desde una sensibilidad distinta. En Touching Feeling mostró que la teoría no opera desde una neutralidad distante sino que siempre está atravesada por disposiciones afectivas –como la sospecha, la alerta o el deseo de desenmascarar–, y propuso una “lectura reparativa” capaz de sostener el contacto, el cuidado y la imaginación como formas legítimas de conocimiento.  

Maggie Nelson trabaja la dimensión emocional y corporal de la interpretación, una política de la relación: una manera de tocar el texto, el archivo y el pasado desde la vulnerabilidad y la potencia de lo sensible. “Muchas veces las formas de los libros que escribo no están claras y busco otras que tengan formas como las que me imagino”, ha dicho. “Cuando los encuentro, siento comodidad, bienestar y confianza. A veces debes ver cómo un libro de una estructura inusual se sostiene, sólo para estar segura de que puede hacerse”.  

Para Paula Arrieta, Los argonautas de Maggie Nelson ha sido uno de los libros más importantes en su propia escritura. Le parece que en él la autora entrecruza con lucidez la teoría y la narración en primera persona sobre el amor, lo queer, la maternidad, etc. Ensayo novelado o novela ensayada, Los argonautas pone varios elementos en relación en el campo de las ideas. Cruza creencias con preguntas y confronta asuntos resueltos con información nueva, siempre haciendo referencia a otras autoras para leer o revisitar. Lo mismo ocurre en Como el amor. Ensayos y conversaciones, donde despliega un repertorio de artistas y escritoras por conocer. 

Me detuve en ella porque quiero llegar finalmente a otra autora extranjera que, para mí, termina de conformar una tríada de ensayistas influyentes que vienen reconfigurando la manera de escribir sobre arte: la argentina María Gainza, cuya excepcional novela El nervio óptico inauguró para mí la posibilidad de trenzar de manera magistral autobiografía con escritura sobre artes. Publicada originalmente en Argentina en 2014, en su momento también resultó difícil de clasificar para los críticos (especialmente hombres), pero se encontró con su lectoría y es posible que hoy estemos presenciando su impacto en una serie de autoras que entonces empezaban a publicar o estaban en proceso de formarse.   

El nervio óptico es una cátedra sobre cómo abordar una pintura desde la crítica estética, construyendo un discurso y, de paso, un devastador relato sobre la soledad y el amor. Para Paula Arrieta fue una novela influyente por su capacidad de bordar de manera novedosa la historia del arte con memorias y crónicas en primera persona. Y yo propongo que, además, amplió la posibilidad de intervención política de las escritoras del Cono Sur. Diez años atrás, el escritor Ernesto Montequin lo explicó muy bien cuando dijo que la inauguraba un género en el que confluyeron límpidamente la historia del arte y la crónica íntima. “Su heroína, dueña de una voz narrativa que parece capaz de todas las proezas estilísticas, es una mujer parada en el ecuador de la vida que osa decir su nombre y el de su tribu: la clase alta argentina”. Y sí, también una de las apuestas radicales de la autora fue escribir sobre su vida y el arte sin culpa de clase, sino reconociendo el posible sesgo de su lugar de enunciación. 

Qué leen
 

Cuando le comenté al poeta y librero Sergio Parra la idea de que esta nueva generación de ensayistas chilenas le debía mucho a la poética que inauguró El nervio óptico, él estuvo de acuerdo. Pero apuntó que antes hubo otra autora local que fue importante en el cruce de fronteras disciplinares: Pilar Donoso, quien en Correr el tupido velo se vale de su propia experiencia y del archivo familiar para ensayar, como hija-narradora sin formación como escritora, una aproximación al padre-escritor, José Donoso.  

“Se trata de un texto ambiguo según la misma narradora, quien, para tener voz, no ha tenido  otra escapatoria que enmascararse con el nombre de la autora: nadie sabe si uno es realmente un personaje y ese designio es insalvable”, apuntó en su momento Sebastián Schoennenbeck. Y afirmó que Pilar Donoso rompía el vínculo cooperativo entre género biográfico y disciplina histórica. “Asume el carácter histórico de la biografía, liberándola de valores positivistas. En definitiva, aquí la fuente es voluble y puede ser simultáneamente un documento de valor referencial o de ficción”. Ese desajuste o desplazamiento ocurría en parte porque la identidad de autora de Pilar estaba determinada por su ser-lectora. Y aquí vuelvo a nuestras “nuevas ensayistas” para destacar que se caracterizan por compartir sus experiencias como lectoras. Y si tienen la facultad de redescubrir autores y conceptos es porque transforman lo leído en nuevas formulaciones y son excepcionales al compartirlas. 

En Lo que la mano da (Mundana, 2022), la ensayista e investigadora en artes y humanidades Marcela Rivera Hutinel despliega una profunda meditación sobre la mano. “Ese órgano cotidiano y banalizado, pero que, en su disposición a tocar, dar, modelar y sentir, abre el pensamiento a una región distinta: la del gesto, la de la inmediatez del cuerpo que piensa”, apunta la docente Amapola Fuentes, quien se refiere al ensayo de Marcela como uno “delicado y potente” y precisa que la autora “no teoriza desde la distancia” sino que “piensa desde la cercanía”. En este ensayo la escritora-lectora escribe sobre los trabajos del escultor español Eduardo Chillida y algunos bocetos de Da Vinci desde su lugar de observadora, recurriendo a escritoras consagradas como Marguerite Duras y Clarice Lispector, y a otras más novedosas como Mariel Manrique. Junto a su sistema de pensamiento, articulado por sus lecturas, en el libro queda a nuestra disposición su biblioteca personal, tanto para observar lo que ella nos muestra como para seguir pensando en lo que nos propone. 

Andrea Soto Calderón, quien también expone directamente sus lecturas al escribir, dice que su pensamiento se ha formado en la filosofía pero que siempre se ha sentido atraída por “el desborde que define el impulso de todo pensamiento filosófico” y se ha alimentado de la literatura, el cine, las prácticas artísticas y “también de formas más bastardas, como las que germinan en el imaginario de alguien nacida y criada en Valparaíso”. Afirma que no tiene pensadoras o artistas que hayan marcado su investigación, o al menos nunca las ha considerado como tales. “Las influencias, propiamente, han sido el trabajo de mi madre, Rosario; mi hija Olivia; mi comunidad; las mujeres que me sostienen y me acompañan; los colectivos de los que siempre he formado parte; esas las considero influencias”. 

Asegura que ha leído con interés a Clarice Lispector, Alejandra Pizarnik, Gabriela Cabezón Cámara. “Evidentemente, también a Silvia Rivera Cusicanqui, Suely Rolnik, Rita Segato, Gloria Anzaldúa, Marie-José Mondzain, Catherine Malabou, Silvia Federici, Adriana Cavarero, Sara Ahmed, Ariella Azoulay, Eve Kosofsky Sedgwick y bell hooks”. Su pensamiento ha sido afectado también por mujeres de su generación como Lucía Egaña, Valentina Montero, Marie Bardet, val flores, María Salgado, Isabel de Naverán, María García Ruiz, Pilar Monsell, Marta Dahó, Tania Adam, Katryn Evinson, Maite Garbayo, Anna Manubens, Jara Rocha, Laura Citarella “y tantas otras con las que me relaciono o mantengo diálogo”. 

Para Paula Arrieta, ha sido fundamental la norteamericana Siri Hustvedt, primero con La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres y Los espejismos de la certeza, en los que cruza crítica cultural con literatura, crítica de arte y ciencias. Luego, también con sus novelas, principalmente Recuerdos del futuro y Todo cuanto amé. Dice que admira la inclusión y el tratamiento de la dimensión a la vez personal y colectiva de la historia y sus acontecimientos con que escribía Natalia Ginzburg, y también menciona a Joan Didion con El año del pensamiento mágico, “una investigación y narración en primera persona sobre el duelo”. 

Marcela Labraña afirma que Especies de espacios (1974) de Georges Perec es un libro clave y que fue detonante en su investigación doctoral. “Recuerdo que lo di a leer en un curso y me reencontré con un pasaje dedicado a los mapas portulanos y a Borges que logró sacar mi tesis del estancamiento feroz en el que estaba”. También menciona de este autor Pensar/Clasificar (1985), Lo infraordinario (1989) y Me acuerdo (1978), y que este último la guió a la extraordinaria lista de recuerdos que Margo Glantz articula en Yo también me acuerdo.  

Otros ensayos a los que siempre vuelve son Él y yo y Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg, y a Breve manual de urbanidad de Fran Lebowitz. “Me acompañan desde hace muchos años Pascal Quignard, Roland Barthes y Junichiro Tanizaki. Le tengo particular cariño a Sucede que los oídos no tienen párpados, que forma parte de El odio a la música, el primer libro que leí Quignard”.  

Para Amalia Cross han sido fundamentales Orlando (1928) y Flush (1933), de Virginia Woolf, además de Albertine, rutina de ejercicios de Anne Carson, y River of Shadows de Rebecca Solnit, sobre el fotógrafo EadweardMuybridge. Son libros que le hubiese gustado escribir o que, en su defecto, la han animado a escribir, dice. Influyentes también han sido para ella La literatura nazi en América de Roberto Bolaño y los Textos sobre arte de Enrique Lihn. “Además de todos los cuentos de Oscar Wilde y de Edgar Allan Poe que leí de niña, y los cientos de miles de recortes de prensa, correspondencia ajena y revistas viejas que leo por defecto”. 

Marcela Rivera Hutinel dice que el encuentro con Marguerite Duras fue, sin duda, decisivo: “Me conmovió su manera de anudar escritura y vida, de asumir el riesgo que ambos ejercicios conllevan”. Destaca que en Escribir Duras dice de manera desnuda y valiente que escribir no tiene que ver con el poder de hacerlo: “Escribir. No puedo. Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe”. Asegura que la escritora francesa le enseñó que quien escribe es una lectora del mundo que puebla su escritura con las escrituras de los otros.  

También está muy presente en su imaginario Marguerite Yourcenar, su pasión por el saber y su espíritu nómade. “Para ella, cada viaje, cada lectura, cada amor, cada dolor era una experiencia de aprendizaje y se consideraba una perpetua estudiante”. Lo primero que leyó de Yourcenar fue Alexis o el tratado del inútil combate (1929) y luego Memorias de Adriano (1951). Le conmovió su capacidad “de tocar el espesor de la vida, de percibirla intensamente, acompañada de los ojos de otros”. Por último agrega que en Los 33 nombres de Dios (1988), un poemario breve, “Yourcenar nos tiende un milagro con tan solo una palabra”.  

Macarena García Moggia dice que solo puede nombrar a autores que admira, “con quienes converso en la vida, y ojalá también en la escritura”: John Berger, Natalia Ginzburg, Roberto Calasso y Virginia Woolf. “Me llega a ruborizar nombrarlos”. Para Catalina Porzio son el cine y la literatura las fuentes que más la nutren, y apunta a que sus referentes han sido mayoritariamente hombres. Menciona El río sin orillas de Juan José Saer y Los anillos de Saturno de W.G. Sebald. “El primero es un ensayo envolvente, que te atrapa en su largo fraseo. Te lleva y te trae de vuelta sin que lo notes; te dejas llevar. Diría que ambos son hipnóticos. Sebald combina materiales muy diversos, tensionando el ensayo hacia otros géneros: la novela, en realidad. Es un maestro del lenguaje”. 

Trinidad Silva menciona a Anne Carson, especialmente Eros, el dulce amargo. Destaca el equilibrio entre una escritura académicamente informada y un estilo libre, novedoso y poético. También señala como referente importante a la académica de la Universidad de Stanford Andrea Nightingale, de quien valora la lucidez con que plantea preguntas en la filosofía antigua, sin olvidar la importancia del lenguaje y del contexto cultural, especialmente en Géneros en diálogo Espectáculos de verdad. “Iris Murdoch también me parece admirable por su excepcional doble talento como escritora de ficción y de no ficción, y sobre todo por su valentía al plantear una ética de la contemplación en un contexto dominado por la filosofía analítica y masculina, como en La soberanía del bien (1970)”, agrega. Por último menciona a Claudia Mársico, destacada filósofa argentina: “En Zonas de tensión dialógica ella propone una lectura del canon filosófico que incorpora a aquellos filósofos que han sido relegados a los bordes”. 

Para Paz López, es difícil hacer una lista sin cometer omisiones imperdonables. “Son muchos los nombres de escritores, ensayistas, intelectuales, artistas que me han corrido del lugar en el que estaba”. Además, precisa que esas predilecciones nunca son estables; aparecen y desaparecen en el tiempo. Le interesan sus experimentos con la biografía, con la vida propia y ajena, que se vuelven aventuras narrativas. Se arriesga con algunas lecturas fundacionales, como Susan Sontag, con sus Contra la interpretación (1969) y Ante el dolor de los demás (2003): “Allí donde la hermenéutica busca profundidad, desciframiento, Sontag reivindica la superficie como lugar de intensidad, atendiendo al ritmo, al tono, a la materialidad, al gesto, manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo con el concepto, con lo universal”, dice. 

También apunta a Nathalie Léger, la autora de El vestido blanco o Sobre Barbara Loden, quien, según Paz, no usa el trabajo literario para convertir a sus mujeres en heroínas trágicas ni para hacer una arqueología de lo silenciado ni para magnificar a personajes abocados al fracaso. “O no exclusivamente para eso, sino más bien para dejarse seducir en la narración por el amasijo de sensaciones que se experimentan cuando entramos en proximidad con los otros, con la unicidad de cada vida: contradicción, extrañeza, incomprensión, alegría, rechazo, sufrimiento, dudas, ternura”.  

Y por último, menciona a una gran favorita entre sus pares: Natalia Ginzburg. “Admiro su sobriedad, una escritura que, sin dejar de contar lo que es indispensable contar –la manera en que enfrentamos el dolor, la felicidad, la miseria, el miedo, la muerte, la crueldad–, lo hace sin la grisura de las palabras artificiosas, sin levantar jamás la voz, sin solemnidad ni grandilocuencia”. Destaca su escritura contenida y al mismo tiempo profundamente intensa. “Es cómica y melancólica a la vez, y creo que logra eso que Montaigne alguna vez señaló: no afirmar nada temerariamente, no negar nada a la ligera”. 

En Pensar por imágenes: Montaigne y la caída (Cuadro de Tiza, 2020), Marcela Rivera Hunitel también aborda a Montaigne, el precursor renacentista del género ensayístico moderno. “Él inventa una forma de su propia cosecha”, dice, “y por eso dio a la colección de sus escritos el título entonces insólito de ensayos”. Una palabra que a Marcela le parece sólida, pero también inquietante y móvil que puede leerse como: esfuerzos, tentativas, incursiones. “Quizás, incluso, experiencias”. 

Ensayar el género del ensayo
 

Estas oscilaciones entre filosofía y literatura, que podrían definir a la “nueva generación de ensayistas chilenas”, las perfilarían como autoras que se mueven con soltura entre la escritura académica y la creativa, y entre la ficción y la biografía. Y, como he intentado demostrar, su sello provendría tanto de su compromiso con el género como de su lugar de lectoras. Es que no son cualquier tipo de lectoras; son lectoras-profesoras, académicas e investigadoras. “Presiento que, al provenir de ese espacio común que es la universidad, coincidimos en afirmar sus encuentros, la complicidad de las búsquedas compartidas”, dice Marcela Rivera Hutinel. “Pero nos pesan los tonos aseverativos y los formatos restrictivos y desangelados del lenguaje académico”.  

Para ella las escrituras de sus pares no se parapetan ni se lastran con el saber; pueden sumergirse en la trama densa del mundo con ánimo ligero y gestos generosos. Y precisa que al leerlas piensa en ese verso de Wisława Szymborska: “¿Cómo vivir, me preguntó por carta alguien / a quien yo pensaba formular / la misma pregunta?”. Son, según dice, tentativas de mujeres que sostienen esta pregunta sin pretensión de aleccionar, “que no le temen al balbuceo ni al temblor del pensamiento”. Cuando le pregunto qué es lo que la diferencia de sus pares, me responde que es difícil decirlo porque admira lo que hacen. “Pienso que en Lo que la mano da exploré una escritura más cercana a la prosa poética, en la que también se reconoce mi linaje de lecturas provenientes de la filosofía”.  

Lo cierto es que, además de la amistad, la admiración y las lecturas cruzadas o coincidencias editoriales entre ellas, existen otras posibles vinculaciones que se puedan establecer entre estas no tan nuevas nueve ensayistas chilenas. Ciertos motivos de interés común, y no me refiero aquí necesariamente a obras de arte, sino que pienso, sin ir más lejos, en las manos. Manos a las que Marcela Labraña dedica veintidós páginas en sus Ensayos sobre el silencio para comprender qué es eso que señala la imagen de la mano de Dios que sale de una nube.  

Leer esas páginas con lentitud y atención permite que una –como lectora– pase por las referencias que formaron a Marcela: Madeline Caviness y Victor Stoichita; siempre elegantemente hiladas por el punto de vista y la escritura de la autora, quien, al final del capítulo y sopesando todos los argumentos presentados, dice: “Creo que el pliego en blanco que fluye de la mano de Dios nos recuerda que el mundo es un libro cifrado, es decir, vacío”. Y luego: “Es más, en un mundo como el nuestro, marcado por la ausencia de Dios y saturado de mensajes estridentes, estas filacterias adquieren una nueva potencialidad si pensamos que el silencio, como señala Le Breton, es el idioma de Dios, pues contiene todas las palabras, es una reserva inagotable de comunicación”. 

Si es la investigación académica sobre las manos y sus posibilidades, desplegada con espesor y extensión en el caso de Marcela, la que le permite llegar a ese tipo de conclusiones, Marcela Rivera Hutinel opta por la síntesis. Y en solo cincuenta páginas aborda el mismo tema de las manos. Pasando por Paul Valéry, Marguerite Duras y Edmond Jabès, se asombra de ellas al observarlas como lo más próximo y lo más extremo del cuerpo humano. En esas reflexiones no sólo nombra, sino que también duda. 

“Para mí el ensayo abre una trinchera frente al academicismo y al régimen que en él impera”, dice. “No genera fórmulas conclusivas; más aun a través de la ironía, de la digresión, de una forma de sumergirse en la biblioteca que toma distancia del discurso llamado serio”. Este modo de escribir, dice, inventa otro espacio o escena de pensamiento. 

Marcela Labraña coincide y dice que desde hace años encontró un lugar cómodo y desafiante en el ensayo. “Este espacio me permite tantear, probar, sin un rumbo claro y sin llegar a puerto, sin cerrar del todo, sin arribar a conclusiones o a verdades dignas del mármol. Abro elipsis, me aproximo al objeto, me alejo, veo algo, lo describo e intento compartir ese modo de ver”. Puntualmente afirma que le debe al azar que conlleva la vida académica haber empezado a dictar cursos y talleres de ensayo. “Primero lo hice en la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales y, en los últimos años, en la Facultad de Letras de la Católica”. Solo una vez, en pleno estallido social, impartió un taller privado, en el luminoso departamento en Bellavista que una amiga alquilaba a Cynthia Rimsky. En él participaron escritores como Carmen García, Megumi Andrade, Loreto Casanueva y Carlos Soto Román. Asegura que esa vez los ensayos de Martín Cerda fueron (y siguen siendo) bibliografía obligatoria. Me explica que Cerda publicó solo dos libros en vida: La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo (1982), en el que reflexiona sobre el carácter fragmentario del ensayo, y Escritorio (1987). 

“Cuando en 1983 obtuvo el Premio Academia Chilena de la Lengua, sostuvo en su discurso de  agradecimiento que el ensayista es ante todo un lector”, sigue Marcela Labraña. “Pero un lector que no se contiene frente a cada texto leído, sino que, por un impulso radical, siempre lo sopesa, lo interroga y lo prolonga”. En ese sentido, el ensayista no sería sólo alguien que lee, sino quien se observa leer y, encima, quien escribe cada una de sus observaciones.  

Esa dimensión fragmentaria y contemplativa del lector me hace pensar en el último libro de Amalia Cross, Crónica de un hombre puzzle. Enrique Lihn como Gerardo de Pompier, que, a pesar de presentarse como una crónica, es un ensayo excepcional. Ensayo en cuanto al experimento, ensayo en cuanto al trabajo fragmentario, ensayo en cuanto a que intenta responder ciertas preguntas por medio de testimonios, documentos y conjeturas que ella va presentando a medida que avanza la lectura. Cross propone en pocas páginas que la figura de Pompier –alter ego o doble de Lihn– puede armarse como un puzzle y que, de hecho, “juntando las piezas se resuelve el enigma de su imagen”. Esas piezas son, dentro del libro, relatos breves, reflexiones, análisis de archivos y entrevistas, todas ensambladas por el mismo ímpetu curioso y rigor con que la investigadora ha desarrollado sus publicaciones anteriores. 

Y si pienso en lo fragmentario en relación con lo regional e independiente, vuelvo al trabajo de Macarena García Moggia y Catalina Porzio. En Ensayos de una casa, Macarena nos habla muy de cerca (y con esto quiero decir de manera próxima, pero también íntima, casi como si la escucháramos hablarse a sí misma) acerca de su relación afectiva con un espacio construido que ella conoce mejor que nadie porque lo ha observado y leído. Jorge Polanco detectó que entre las referencias de la autora había una genealogía afectiva del arte moderno y de las vanguardias históricas. “Una cierta necesidad de desbaratar el gusto burgués, quizás una lejana forma de remover la casa o las casas viñamarinas del centro de la ciudad”.  

La vinculación entre experiencias, casas, calles, recuerdos y ciudades que propone Macarena está claramente marcada por la pérdida y los quiebres. Pero también, quizás, por el amor. Agradezco a Luis Felipe Alarcón que me hizo reparar en la importancia del título: no son ensayos sobre una casa, sino de una casa. Y esa casa ensayada es también la historia de una relación amorosa y de un proyecto ensayado. Hay, en ese sentido, una condición experimental que atraviesa el libro (lanzarse a ensayar una casa), pero también el arrojo que eso involucra a nivel afectivo. Macarena escribe que se tarda mucho en convertir la vida cotidiana en un recuerdo. Que nos recordamos a nosotras mismas, sacudidas o conmovidas por ciertos acontecimientos, y que, cualesquiera que sean, pueden ser siempre resignificados. Y en su libro, al igual que en los libros-puzzle de Catalina Porzio, no es la memoria el único instrumento capaz de revisitarlos, sino que la escritura y la lectura, como acciones, son las que permiten que los leamos de otra manera. 

Marcela Rivera Hutinel ha dicho que en tiempos de crisis el ensayo tiene una función clave por su capacidad de resistir a los usos dogmáticos del lenguaje, que suelen fecundar allí donde reina el miedo: el panfleto, la consigna y los discursos identitarios, todas formas de conjura frente a lo otro que no comprendemos y que se torna amenazante. “Contraviniendo esa apropiación simplificadora de la diferencia, el ensayo se inclina por un pensamiento en movimiento, que no se parapeta en la fijeza de sus categorías”, dice. “La búsqueda que subtiende al ensayo es siempre una manera de acoger en la imaginación otras formas de vida, de abrir rendijas donde la costra del hábito nos impide acercarnos a lo desconocido”. 

Y pienso aquí en otras formas de releer la propia casa, el propio barrio, la propia ciudad a la que se abocan estas ensayistas, y vuelvo al amor porque si hay algo que las vincula es un profundo compromiso afectivo y político con los temas que eligen. Ese amor puede expresarse de múltiples maneras. En el libro de Amalia Cross sobre Lihn está determinado por el goce, el humor y el juego. De hecho, en sus palabras finales, cita a Perec cuando dice que, a pesar de las apariencias, el puzzle no es un juego solitario: cada gesto del jugador ha sido hecho antes por el creador del mismo, “cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro”. Y Amalia agrega que en su caso ese otro fue Enrique Lihn, “el creador del puzzle con quien he jugado a lo largo de mi investigación”. 

Esa dimensión placentera con la que se puede abordar un estudio también es una característica de esta nueva generación. Leer sus libros es leer la felicidad y el entusiasmo con que fueron escritos. Es leer sobre ese amor por las superficies que profesan algunas de ellas al acercarse a los archivos, releerlos y analizarlos. Luego, pienso que el hecho de que sean mujeres es relevante no solo por un afán categorizador sino porque, vistos en conjunto, sus proyectos adquieren una potencia transformadora desde el goce. Más allá de ellas mismas, son sus escrituras y sus libros los que vienen a desplazar y desajustar fronteras, tanto disciplinares como formales, porque surgen del placer. Un placer que es público y político. 

¿Pero es relevante, para ellas mismas, el hecho de ser mujeres? Trinidad Silva afirma que lo más importante del género en su escritura, tanto en su acepción literaria como en su dimensión identitaria, son las capas de sentido. “La escritura femenina juega con la opacidad, sale y se oculta; va hilando tramas complejas, incluso si se vale de un lenguaje simple”, dice. Para Amalia Cross, en la escritura de la historia del arte el género aparece incluso cuando es negado. “Trato de rescatar algo del olvido, trazar otras genealogías posibles, destacar aquello que se ha omitido, y no sólo mujeres, también sus concomitancias con lo queer, lo desconocido, lo excéntrico o lo no valorado”. Y para lograrlo, sostiene que el ensayo es el formato que le permite mayor plasticidad. 

“Entre género y género, me interesan especialmente los puntos de encuentro”, dice Macarena García Moggia, y cuando le pregunto a Paula Arrieta me asegura que privilegia la libertad de ir de un género literario al otro. “En esto tiene que ver mi formación de artista visual. Las formas de investigación de la creación artística visual están llenas de ensayo y error, de experimentación y de la posibilidad de ir de un tema a otro, de un material a otro, de un concepto a otro”. Y el género en cuanto a sexo e identidad actúa, para ella, como estrategia política. “Aunque el pensamiento situado, los lugares poco habituales de enunciación y algunas experiencias singulares de todas formas pueden resultar relacionales, la verdad, intento dudar todo el tiempo, porque caer en lo identitario me parece, al menos en este momento, un peligro”. 

Marcela Rivera Hutinel complementa diciendo que, en el género como índice de identidad y sin definirse esencialistamente, se siente más próxima a gestos que recorren la escritura hecha por mujeres. “Un modo de pensar, susurrando, de prestar atención a lo frágil y a lo pequeño que se contrapone al ideal masculino del cuerpo erguido y de la palabra fuerte”. 

A Marcela Labraña le resulta más difícil explicarlo con precisión. “Prefiero remitir a un libro, Escribir, de Marguerite Duras, y a una pintura, Interior en Strandgade, de Vilhelm Hammershøi, para que respondan por mí sin responder”. Paz López dice que le interesa más pensarse a ella y a sus pares desde la condición de enigma, sobre todo a la hora de escribir. “Nuestros deseos no son puros ni coherentes, aunque luego estos puedan quedar fijados en ideales amorosos, políticos, identitarios”. Pero también le parece deseable pensar la cuestión de la identidad/sexo desde diversos planos de sentido.  

El plano político-militante es, para Paz, donde debe llevarse adelante la lucha por los derechos, las denuncias de la dominación patriarcal, la visibilización de las violencias estructurales y la acción colectiva. “Hay momentos en que es necesario afirmar, nombrar, organizar, identificarse, incluso si esas identificaciones son conceptualmente frágiles”. Y luego, en otro plano quizás, están los recaudos frente a toda operación crítica, frente a los riesgos de las clasificaciones, las constricciones y las restricciones que operan en toda cuestión identitaria.  

“Ya lo decía Barthes”, continúa, “los automatismos se elaboran en el mismo lugar donde se encontraba antes una libertad”. Dicho eso, precisa que le interesan las escrituras que hacen de los tropiezos, las contradicciones y las tensiones del pensamiento no su límite sino su materia prima. “Pienso en escrituras que ponen en juego las pequeñas y grandes certezas y que nos devuelven la posibilidad de perdernos, de dispersarnos. De desarmar la semejanza con nosotros mismos, de pensar a contrapelo de uno mismo”.  

“Ensayar es, quizá, eso: perderse pensando. ¿No es esa acaso nuestra única licencia, nuestra pequeña libertad, la de pensar cosas que nos llevan a otras cosas y que no sabíamos que queríamos pensar?”.  

Publicado en la edición de enero de Dossier.