
El pasado 25 de marzo murió Lila Pastoriza, un día después de cumplirse 50 años del golpe de Estado en Argentina.
Lila fue parte de una generación atravesada por las grandes catástrofes y transformaciones vividas en nuestro continente durante la segunda mitad del siglo XX. Tal vez, la mejor descripción que se ha hecho de ella es la de Pilar Calveiro en la dedicatoria de su libro Poder y desaparición, publicado en 1998: “Para Lila Pastoriza, amiga querida, una experta en el arte de encontrar resquicios y de disparar sobre el poder con dos armas de altísima capacidad de fuego: la risa y la burla”. Un arte que, sin duda, Lila desplegó con maestría a través de la política y la escritura a lo largo de toda su vida.
Desde joven se vinculó a diversas agrupaciones de la izquierda revolucionaria argentina, entre ellas la Juventud Peronista y la organización Montoneros. Fue la época en que estudió derecho y sociología, y comenzó a formarse en el oficio del periodismo
Después del golpe de Estado, junto a Rodolfo Walsh formó la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). Bajo la máxima “Resistir es informar”, ANCLA convocó a muchos para recopilar, elaborar y hacer circular la información de mano en mano, y de boca en boca. Concebida como una herramienta para hacer política a través de la escritura y el periodismo, esta extraordinaria red contribuyó a romper el cerco informativo de la dictadura develando, tempranamente, el nuevo carácter de la represión y el inicio de la desaparición forzada, entre otras dimensiones del llamado “Proceso de Reorganización Nacional” iniciado con el Golpe.
En 1977, Walsh fue asesinado y Lila secuestrada. Durante más de un año, ella fue mantenida prisionera en el infierno que funcionó como centro de exterminio en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Luego, desde el exilio en España y en México, impulsó un trabajo ininterrumpido de denuncia y defensa de las víctimas del terrorismo de Estado en Argentina.
Después del término de la dictadura, Lila regresó y declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), y en el histórico Juicio a las Juntas militares, así como en otros numerosos procesos. Su testimonio fue decisivo para procesar a los altos mandos de la Armada responsables de torturas, homicidios, desapariciones y robo de bebes nacidos en cautiverio. Desde esos años destacó por su trabajo en el diario Página 12, en las revistas Crisis, El Periodista, El Caminante, Las 12, Puentes, La Trama, Humor, Haroldo y Cítrica, y en la colección “Militancias”, proyecto editorial que dirigió en conjunto con la escritora María Moreno.
También asumió un rol protagónico en la creación y desarrollo de iniciativas como el Parque de la Memoria, Memoria Abierta, y el espacio creado en el lugar donde había funcionado la ESMA, contribuyendo a pensar y a hacer memoria sobre el pasado reciente, interrogando sus significados y sus relaciones con el presente: “Ahora —decía— tratamos de entender cómo fue posible que se matara a treinta mil personas. Pero sobre todo cómo pudo haber una sociedad que lo soportara.”
Lila y Tiempo Robado
La historia de Tiempo Robado también está vinculada a Lila. Nuestro primer libro Historia reciente y violencia política, publicado en 2013, incluyó uno de sus artículos de investigación: “La ‘traición’ de Roberto Quieto: treinta años de silencio”. Generosa como siempre, no dudó en apoyar nuestro naciente proyecto editorial, al igual que los otros autores y editores de la revista Lucha armada en la Argentina, donde se habían publicado los textos de esa suerte de antología que fue ese primer libro. A partir de ese encuentro con Lila, entre mensajes y viajes a uno y otro lado de la cordillera, mantuvimos durante años la conversación sobre esta historia y el presente, la política y la escritura.
En ese artículo, a partir del caso del dirigente montonero, Lila cuestionaba la centralidad que había adquirido el tema de la traición en las explicaciones que las organizaciones revolucionarias se habían dado sobre la derrota política sufrida durante la dictadura. Explicaciones que relevaban las ‘debilidades’ individuales ante la tortura —ideológicas, sicológicas, físicas o morales—, subvalorando, al mismo tiempo, las ‘debilidades’ colectivas, circunscritas en esa comprensión solo a ciertas fallas en los procedimientos y dispositivos, es decir, a cuestiones de orden técnico, separándolas así del ámbito de la política.
En este texto, así como en otros trabajos y proyectos, Lila mostraba cómo, al indagar en profundidad en estas y otras zonas omitidas o vedadas, es posible abrir otras historias y otras formas de comprensión de las experiencias pasadas y presentes. Seguía así, fiel a sí misma, cuestionando ciertas formas de control de las versiones legítimas sobre el pasado, que surgen en medio de las disputas en torno a la historia y la memoria. Debates que siguen plenamente vigentes y que, como insistía, debían proyectarse desde las necesidades del presente hacia el pasado a partir de una pregunta fundamental: “¿Qué valores sociales deberían sustentarse hoy y en qué espacio de nuestra historia relumbran?”
