PRESENTACIÓN | Ana Arriagada en lanzamiento del libro Veinte años de intervención policial en La Legua

Soy nacida y criada en Legua Emergencia. Soy pobladora, mamá de tres hijos y abuela de cinco nietos. Estoy presente aquí, muy nerviosa, pero presente al fin, porque el Paulo me invitó a hablar sobre el libro que el Comité de Defensa y Promoción de DDHH, con mucho esfuerzo y coraje, a mi parecer, ha hecho con el apoyo de la editorial Tiempo Robado.

El libro que hoy presentamos, Veinte años de intervención policial en La Legua, tiene un valor profundo porque no solo reconstruye una memoria de violencia estatal que por mucho tiempo ha sido negada o distorsionada, sino porque es una denuncia, un grito que exige cambios, cambios que el Comité de DDHH ha luchado en que ocurran, pero ha chocado con la indiferencia de las autoridades y de nosotros mismos como pobladores que, por una parte, estamos divididos, sintiendo desconfianza y miedo, y, por otra parte, porque el tráfico de drogas también da miedo. En los artículos que componen el libro, parte de nuestras vivencias se cuentan sin miedo, mostrando con claridad más de dos décadas de atropellos, negligencia, impunidad por actos ejecutados por las policías, pero en que también están comprometidos todos los gobiernos desde el año 2001 hasta la actualidad, o sea que es una política de Estado.

La primera parte del libro reúne artículos publicados en distintos momentos desde el año 2001 y termina con una entrevista realizada a Anaís, vecina y pobladora de La Legua, a quien en el contexto del estallido social le llegó un disparo de carabineros en su cuerpo cuando ella tenía 13 años. En estos artículos se documenta una intervención estatal que se nos presentó como una promesa de dignidad, seguridad y mejores condiciones de vida, pero que en la práctica se ha traducido en una presencia sostenida de control y a ratos de violencia policial. No se trata solo de más vigilancia, sino de una forma de intervenir el territorio basada en la sospecha permanente, en el control y en el castigo. Lo que vivimos no ha sido protección, sino una experiencia cotidiana de represión, miedo y vulneración de derechos humanos: autos, micros, zorrillos de carabineros en las esquinas o salidas de la población, carabineros militarizados que cuando hay balaceras no intervienen, según ellos por protocolo, pero sí hacen controles de identidad por sospecha a los vecinos que salen a trabajar, a estudiar, a hacer una diligencia, comprar el pan. Te desnudan en la calle, te palpan el ano, te ofenden sin motivo o simplemente por ser de donde somos.

Como comunidad hemos sido objeto de una política qu eno escucha ni comprende el territorio. Se nos impuso una intervención sin considerar nuestras necesidades reales, nuestras organizaciones ni nuestras formas de vida. Así, la promesa de dignidad se convirtió en humillación; la promesa de seguridad, en temor constante; y la promesa de integración, en una mayor estigmatización social.

La segunda parte del libro profundiza en estas consecuencias, mostrando que no son hechos aislados, sino procesos que se acumulan en el tiempo. Aquí aparece con fuerza el tema del trauma, no solo como una experiencia individual, sino como una marca colectiva que atraviesa generaciones. Vivir durante años bajo intervención ha dejado huellas en la forma en que habitamos el barrio, en cómo nos relacionamos y en cómo proyectamos nuestro futuro.

También se aborda la falta de justicia que resfuerza la sensación de impunidad y debilita la confianza en las instituciones. A esto se suma el rol de los medios de comunicación que han contribuido a construir una imagen reducida y estigmatizada de La Legua, presentándola casi exclusivamente desde la violencia y el narcotráfico. Esta representación no es inocente: produce efectos concretos, limitando oportunidades y justificando, muchas veces, intervenciones que en otros territorios serían inaceptables.

El libro también invita a pensar el espacio urbano como un lugar de disputa. La Legua no ha sido tratada como un barrio con derechos, sino como un territorio a controlar. En ese contexto, la educación aparece como un espacio clave: por un lado, reproduce desigualdades, por otro, puede ser una herramienta fundamental para transformar estas realidades.

Finalmente, esta experiencia no es única. EL libro la sitúa en un contexto más amplio, mostrando cómo en distintos lugares del mundo las intervenciones estatales en sectores populares tienden a justificarse en nombre de la delincuencia o el narcotráfico, legitimando prácticas de persecución, amedrentamiento, violencia física y psicológica, y transgresión de derechos fundamentales.

Hoy, como pobladores, seguimos sintiéndonos negados por el Estado. Las medidas implementadas solo se han evaluado una vez y en forma muy negativa y, a pesar de eso, las autoridades no han respondidos a nuestras demandas ni han mejorado de manera estructural nuestras condiciones de vida. Por eso, este libro no es solo una denuncia, es también una exigencia. Exigimos ser reconocidos como sujetos de derecho, el fin de una relación policial y la creación de construcción de políticas integrales que se dejen de discursos para la televisión y ponga atención en la vida de los pobladores, sus necesidades y anhelos, que respeten la vida, nuestras historia sy nuestra dignidad.

Yo los invito a leer este libro porque, en definitiva, es una invitación a escuchar a La Legua desde dentro: no solo como un lugar marcado por el dolor, sino también como una comunidad con memoria, con conciencia y con resistencia.