Comprender, inscribir, abordar la violencia
Comentarios a Inscripciones. Fracturas del lazo social y procesos de subjetivación de Pablo Cabrera (ed.)
Veinticuatro autores y autoras dan vida a esta obra compuesta por quince artículos y un trabajo visual —o “cartografía arterial”— sobre una acción performativa en la ciudad. Este libro incorpora abordajes desde diversas disciplinas y propone una reflexión amplia, un cruce de miradas sobre la práctica psicoanalítica en torno a la violencia traumática y a las condiciones necesarias para abordarla, dentro y fuera del ámbito de la clínica. Se trata de una concepción equidistante de los discursos de la resiliencia, y de la noción de víctima despojada de su condición de sujeto, desvinculada de su contexto político, social, histórico y generacional.
Aunque el campo que abarca esta obra es vasto y variado, estos comentarios solo dan cuenta de algunas cuestiones claves, en particular, aquellas relacionadas con nuestro trabajo editorial y ciertos desafíos ético políticos de nuestro tiempo.
Entre los temas tratados hay algunos que han formado parte de las preocupaciones editoriales de Tiempo Robado, presentes en nuestro catálogo: es el caso de la relación entre violencia y política, en particular, la violencia del Estado y sus instituciones —desde el terrorismo estatal y el uso actual de los estados de excepción, a las políticas públicas hacia la niñez vulnerada—, como también las múltiples formas de resistencia protagonizadas por diversos actores sociales y políticos, la irrupción masiva de los feminismos, la revuelta social de 2019 y las nuevas desobediencias surgidas desde el seno de las familias de los perpetradores de las dictaduras.
Inscribir
Entre esas cuestiones claves está la posibilidad misma de inscripción. En el prólogo, Francoise Davoine releva como un logro de este libro la demostración de que “es posible inscribir lo indecible y lo irrepresentable gracias a una clínica del trauma”, y a una indagación que “no puede ser sino interdisciplinaria, con las obras de historia, de antropología, de derecho, de literatura, de música y de artes visuales que hacen escuchar ´las queridas voces que han muerto´”.
Desde ese campo de produccion cultural, en nuestros inicios como editorial hace ya once años, nos preocupaba ese espacio de indagación, nos preguntábamos por aquellas historias y memorias que parecían irrepresentables, inaudibles, o que permanecían ignoradas. Volvimos entonces sobre la analogía propuesta por Siegfried Kracauer acerca de los modos de escritura de la historia, semejantes al ejercicio de encuadre y enfoque necesario para capturar una imagen fotográfica que siempre implica un fuera de campo. Esta idea tiene importancia porque instala la pregunta por el encuadre respecto de lo que se incluye y lo que se excluye, explicitando los marcos que definen lo pensable, lo memorable, y en nuestro caso, lo publicable.
Pero en el artículo Tener lugar, Roberto Aceituno avanza en un interrogante más de fondo, relacionado con la posibilidad misma “de un espacio de interpretación y de construcción, más que de contenidos interpretativos o constructivos”, posibilidad de que los procesos de simbolización de lo vivido puedan tener lugar. A una escala social, agrega, ese lugar y función requiere que “una cultura del diálogo, del pensamiento, de la memoria, pueda tener —o seguir teniendo— lugar”.
Aquí está la concepción —presente en Freud y citada por Aceituno—, de que “no hay psicología individual que no sea social, inevitablemente”, y que entre ellas hay una dialéctica que las afecta a ambas, y a la relación. Esta comprensión adquiere una mayor importancia en una época de grandes empresas de exterminio y múltiples formas de abuso y violencia extrema, acompañadas de una “lógica y política denegatoria” caracterizada por poner en práctica una tentativa de borramiento de aquello que ‘habiendo sido vivido realmente’ bajo la forma del derrumbe y de la desaparición forzada, no podría ‘tener lugar’. Y no podría tener lugar en la medida que el objetivo de tal empresa sería “no dejar huellas”: no sólo de “contenidos”, por así decirlo, de la experiencia vivida, sino de la existencia misma del sujeto (o de los colectivos).
También en su texto Traumatismo extremo, transferencia y re-escritura, Pablo Cabrera refiere a ello como «una sustracción que puede llegar a la desaparición del otro, de sus restos, de su lengua, de su transmisión —y citando a Ginzburg— de todo ‘indicio’, desaparición así de su estirpe y su pueblo en el futuro.»
Hoy, inevitablemente, esta descripción nos lleva a Gaza, la más feroz y elocuente manifestación contemporánea del exterminio masivo de los cuerpos y de la precisa destrucción de todo rastro de esas vidas: viviendas, hospitales, sitios culturales, religiosos y arqueológicos, o de importancia política, administrativa y patrimonial, como el Archivo Central de Gaza arrasado junto a toda su documentación.
La memoria y la historia palestinas, evidencia de la existencia de un pueblo, son también objetivos militares; y como toda colonización, la de Israel necesita borrar al colonizado y sus vestigios para inscribir sus propias huellas.
También en nuestro continente habitamos territorios marcados por la desaparición forzada, donde desaparecer es un crimen que no cesa, un verbo que se conjuga en pasado pero se actualiza en presente: sea como dispositivo replicado sobre otros cuerpos —pueblos indígenas, activistas, pobres, migrantes, mujeres—, o como borradura en virtud del secreto, el encubrimiento y ciertos actos eufemísticamente denominados como excesos, errores u olvidos institucionales inscritos en la lógica denegatoria de sistemas que, junto con garantizar impunidad, ofrecen «reparación». Se trata de verdaderos sistemas de “producción sociopolítica del sufrimiento” como explican Miriam Debieux Rosa, Patricia do Prado Ferreira y Sandra Luzia Alencar en su texto La violencia, la producción sociopolítica del sufrimiento y la dimensión colectiva del luto.
Víctimas y victimización
Esas realidades producen víctimas y victimarios y este libro contribuye también a la problematización y a la crítica de ciertas formas de generalización «cosificadora» de la figura de la víctima, presentes en aquellos discursos que omiten “la implicación del sujeto y su singularidad, con la historia social y de las generaciones que le preceden y conciernen”, según explica Armando Cote en su artículo Las migraciones y el psicoanálisis.
Siguiendo a Didier Fassin y Richard Rechtman, Cote sostiene que hoy, las nociones de trauma y víctima son objetos en disputa. Como parte de ese proceso ha surgido un nuevo tipo de sujeto que ya no es ciudadano sino víctima, condición que habilita un trato diferenciado hacia ella como “alguien que se debe socorrer” mediante la aplicación de nuevas leyes humanitarias. La sociedad adquiere así un «’nuevo lenguaje del acontecimiento’ y una nueva traducción de la violencia que produce.”
Pero en simultáneo asistimos a la negación de esa condición a ciertos sujetos, como las jóvenes asesinadas en la pampa chilena, entre los año 1998 y 2001, crímenes abordados por Karin Bock y Eyleen Fauré en Colonialidad, género y violencia: el caso de Reinas de la Pampa, Alto Hospicio (1998-2001). En este caso, las víctimas fueron estigmatizadas, abandonadas y culpabilizadas por el Estado y la sociedad, mediante un conjunto de acciones mediáticas, políticas y policiales que primero, negaron los crímenes, y luego, ocultaron el carácter estructural de la violencia sufrida por las víctimas, concentrando la responsabilidad en el autor material.
Estas reflexiones contribuyen a repensar el marco conceptual dominante en Chile para comprender la victimización bajo el terrorismo de Estado y también durante la postdictadura. Tres Comisiones de Verdad circunscribieron las violaciones a los derechos humanos al universo de las víctimas de desapariciones y asesinatos, y posteriormente, a las que sufrieron la prisión política y la tortura. De esa manera focalizaron el reconocimiento de dichas violaciones no solo a un periodo (1973-1990), sino a un grupo reducido de la sociedad, el de esas víctimas ejemplares, o “afectados directos”.
Ello implicó invisibilizar los crímenes cuya motivación política no era evidente, como los asesinatos de personas con prontuario delictual, o sospechosas de tenerlo, o las detenciones masivas contra las poblaciones precarizadas, jóvenes y grupos discriminados por su orientación sexual. También, fueron invisibilizadas las graves consecuencias sobre los derechos políticos, sociales, económicos y culturales de la mayoría de la población, producto de la implantación violenta de un modelo económico y político autoritario.
Sobre esas bases, marcadas por una lógica denegatoria, se construyeron durante la postdictadura las políticas públicas en materia de derechos humanos, las que, además, influyeron en las formas de relación con el pasado reciente, con la historia y la memoria.
Hacer memoria
En su artículo Intersecciones paralelas. Sobre las excavaciones de la memoria en El edificio de los chilenos de Macarena Aguiló, Danilo Sanhueza describe el psicoanálisis más allá de los modelos teóricos como un método de investigación con la memoria, entendida esta no solo como un territorio a explorar, sino como un trabajo, una actividad.
Esta idea es crucial para los procesos actuales de memorialización en torno al pasado de la dictadura y para quienes hemos buscado problematizar las políticas de patrimonialización de la memoria centradas en su «preservación» sin preguntar por su significado. Porque, ¿qué significa preservar la memoria? ¿Es posible? ¿Es deseable? ¿No contradice acaso su sentido y dinamismo? En lugar de este afán, ¿no se trataría más bien de hacer posible el trabajo de elaboración?, ¿avanzar en la comprensión de los procesos históricos y las disputas en torno a la memoria en el presente, desnaturalizando los relatos y formas de recordar para revelar el poder que los ha construido, sus estrategias y procedimientos?
Concebir la memoria como una práctica social contribuye a desmontar algunos encuadres existentes y a descubrir el potencial transformador de pasados clausurados como tiempos principalmente dolientes, asociados al daño y el fracaso. Este desmontaje implica también cuestionar nuestras propias concepciones y prácticas: ¿estimulan estas la elaboración de pasados compartidos y no sólo un conjunto de recursos y memorias individuales?, ¿visibilizan experiencias y sujetos ignorados?, ¿aportan a la comprensión de los protagonistas, sus conductas, contextos y posibilidades en el pasado?, ¿ayudan a entender las relaciones entre ese tiempo y el presente?
Estas preguntas contribuyen a problematizar el tiempo pasado y a escapar del determinismo que busca convencernos de que el final de la historia siempre estuvo escrito. Un final que es parte de nuestro presente, pretendidamente inmodificable. Hoy, por el contrario, parece más necesario que nunca descubrir otros pasados posibles y sus potencialidades destruidas. Entre ellos, los tiempos anteriores y posteriores a la dictadura, el pasado reciente de la revuelta de 2019, el proceso constitucional.
El sentido de ese esfuerzo es abrir las posibilidades del presente. Pero para esto también se precisa “una subjetivación colectiva”, aquella que permite constituir un pueblo, según afirma Jacques Rancière, citado por Rosa, Prado y Alencar, quienes asimismo subrayan que “el movimiento para intensificar y movilizar nuestras redes de relaciones es lo que permitirá cualquier intento de reinventar el mundo sexual, social, político”.
