Este texto tiene como objetivo contarles cómo fue que decidimos pasar de Chiliennes a Chilenas en lucha y apoyarme en ese recorrido para agradecer y mencionar a muchas personas que hicieron posible esta traducción.
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En 2019 empecé una investigación sobre los centros de madres. Estoy segura de que han escuchado hablar de ellos. Son emblemáticos espacios de reunión, organización y capacitación para pobladoras y campesinas a lo largo y ancho del territorio nacional, que funcionan al menos desde la década de 1940 y hasta nuestros días.
A pesar de ese gran arco temporal, su periodo más conocido y pregnante es el del régimen cívico-militar, cuando fueron coordinados por CEMA-Chile y estuvieron en manos de Lucía Hiriart de Pinochet.
Durante esta gestión se construyó un estigma acerca de los centros de madres y las mujeres que los componen que opaca por mucho la heterogeneidad de los centros durante el régimen, pero además desborda y tiñe su trayectoria completa, a pesar de sus transformaciones y múltiples usos políticos y estratégicos.
Nace de ahí una figura muy estereotipada que relaciona a las llamadas “socias” de los centros de madres con un grupo de viejas momias y cahuineras. Y lo digo con esas palabras porque son las palabras del sentido común chileno, las palabras con las que se refieren a ellas todas las personas con las que he comentado mi trabajo, y porque las mismas socias me han hablado de esa caricatura y me han contado cómo la disputan, la desarman y la transforman.
Son mujeres que han compartido conmigo sus relatos de vida en el marco de esta investigación y les agradezco profundamente por haberme enseñado tanto sobre la productividad de ese cahuín que, por cierto, lejos de espantarme, me parece fascinante. Antes de traductora soy antropóloga y por eso me interesa atravesar esa mirada moralizante, devaluada, peyorativa que hay respecto de las reuniones de estas mujeres –esos aquelarres-, y prefiero concentrarme en lo que enseña la etimología del palabra cahuín, que tiene que ver con la abundancia, con producir comunidad, generar confianzas y una narrativa conjunta.
¿Qué es lo que circula en los centros de madres? ¿Qué hacen las socias de estos centros mientras se juntan a tejer, a cocinar, a conversar?
Para meterme ahí tenía que leer a quienes habían estudiado los centros de madres antes que yo y así llegué rápidamente a un debate que se dio en el marco de las publicaciones de FLACSO en la década de 1980. Son dos trabajos pioneros e ineludibles: primero el de Norbert Lechner y Susana Levy en 1984, y la respuesta de Teresa Valdés junto a sus compañeras Marisa Weinstein, Isabel Toledo y Lilian Letelier, en 1989. Ahí ya estaban discutiendo que los centros de madres durante la dictadura hayan sido “solo disciplinamiento”, como si hubiese actuado una bajada unidireccional desde los mandatos del régimen hacia estas mujeres que los recibían de manera pasiva. Nada más lejos de la realidad…
Aquí no me quiero detener en el debate, pero necesito mencionarlo porque fue en esos trabajos donde yo encontré citado por primera vez este libro: Chiliennes, de Carmen Gloria Aguayo y las mujeres en dictadura, publicado en París, en 1982, por la editorial Des Femmes.
Me pareció muy raro. Era una referencia muy fuera de serie respecto de lo que yo venía leyendo.
Conseguí el libro en marzo de 2020. Con Tiempo Robado recién habíamos postulado al Fondo del libro para traducir el trabajo de Louise Toupin sobre la campaña por el salario para el trabajo doméstico que impulsó el colectivo feminista internacional en la década de 1970. Lo publicamos en 2022 y parece que Chiliennes hubiera estado guardado en el cajón todo ese tiempo, pero no es así realmente porque de alguna manera los dos libros están conectados. Tal como les cuento a continuación.
La Editorial Des Femmes –que originalmente publicó Chiliennes– es una editorial fundada en 1974 justamente por militantes del movimiento de liberación de mujeres francés (en adelante MLMF), protagonistas de ese Colectivo Internacional del que tanto nos enseñó Louise Toupin, y que -muy en resumidas cuentas- tuvo como uno de sus principales objetivos politizar la vida cotidiana de las mujeres.
La editorial entonces se pensó como una trinchera para ese objetivo porque permitía visibilizar historias anónimas, cotidianas, privadas y al mismo tiempo encontrar los hilos conductores entre esas experiencias.
Con esa misión, a principios de la década de 1980 la editorial quiso enfocarse en luchas en curso, luchas en tiempo real. Sin internet ni plataformas de difusión masiva como las que tenemos hoy, la estrategia fue editar una serie en formato de bolsillo, baratas y de fácil difusión, para dar a conocer experiencias relatadas en primera persona por compañeras en distintas partes del mundo. Esta serie se llamó Mujeres en lucha alrededor del mundo y se compone de nueve números dedicados a la resistencia de mujeres afganas, árabes, indias, aborígenes canadienses, brasileñas, nicaragüenses, salvadoreñas, uruguayas y también chilenas.
En pleno 1981 la urgencia era visibilizar la vida de las mujeres en el Chile de Pinochet, una urgencia que se activó gracias a las redes de solidaridad que el MLMF había tejido con el Colectivo de mujeres chilenas exiliadas en París.
Una de las fundadoras de este Colectivo fue Carmen Gloria Aguayo, cuya tesis escrita en el exilio en París constituye la primera parte de este libro.
Entre las múltiples facetas de la vida de Carmen Gloria, fue una destacada política nacional, muchos años militante de la Democracia Cristiana y luego una de las fundadoras del MAPU. Fue una importante figura del gobierno de la Unidad Popular y fue designada por Salvador Allende como Ministra de un Ministerio de la Familia que nunca llegó a existir porque antes tuvo lugar el golpe de Estado. Junto a su familia partió al exilio en 1974 y vivió en París hasta 1985. Entonces se dedicó incansablemente a la denuncia de la violación de los DDHH en Chile a nivel internacional.
Su tesis –correspondiente a lo que hoy llamaríamos un magíster en Sociología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París- forma parte de sus estrategias de denuncia y para eso analiza las formas de organización femenina en Chile a partir de su propio trabajo por más de veinte años en los centros de madres. Ahí formó mujeres, hizo campañas políticas, construyó amistades. Aprendió, debatió, se emocionó. Conoce los centros como la palma de su mano y desde el exilio los transformó en una puerta de entrada para mostrar la vida cotidiana de pobladoras y campesinas en los años previos al golpe de Estado, y también en sus primeros esfuerzos de rearticulación frente a la dictadura.
Como verán, el exilio impone un corte abrupto a la historia que viene relatando Carmen Gloria, y las editoras que estaban armando Chiliennes consideraron importante explorar las condiciones de vida de las chilenas a casi diez años del golpe de Estado en el momento en que se gestó este libro.
Entonces coordinaron el viaje de Acacia y Françoise, militantes del MLMF, a participar del IV Encuentro de mujeres organizado por el Departamento Femenino de la Coordinadora Nacional Sindical en Santiago, en diciembre de 1981.
Durante esa visita lograron entrevistar a un grupo amplio de mujeres y a través de ellas conocer múltiples versiones de la violencia que la dictadura venía desplegando hasta entonces, así como las estrategias con que ellas la enfrentaban: pobladoras, campesinas, trabajadoras de muchos rubros, madres y profesionales, familiares de detenidos desaparecidos, mujeres mapuche, relegadas, una monja.
Las francesas sacaron clandestinamente los audios del país y junto a otras militantes del movimiento francés los transcribieron y tradujeron para conformar la segunda parte de este libro. Esas mujeres fueron: Rauda, Florence, Magali, Guitemie.
Ya intuirán de dónde vino el interés por traducir este libro. Desde que llamé a la Claudia para proponerle el proyecto hemos hablado del desafío de traducir a las chilenas al chileno.
En el caso de Carmen Gloria Aguayo es porque ella escribió su tesis directamente en francés, con el costo que significaba tratar de escribir una historia tan íntima en una lengua que no era la propia y respetando los códigos académicos franceses tan difíciles de descifrar. Lo pudo lograr gracias a su amigo François Aballea, colega en la Fundación Fors donde trabajó durante su exilio, a quien conocí gracias a María Elena, hija de Carmen Gloria. Él fue testigo de ese ejercicio y la ayudó muchísimo para que ella pudiera decir lo que realmente quería decir en ese formato que le exigían.
Y es importante porque si bien se trata de un texto académico, está escrito en un registro autobiográfico, en el que Carmen Gloria amasa sus propias contradicciones, sus sesgos de clase, sesgos conservadores, sesgos machistas, y se expone de una forma que resulta muy conmovedora y políticamente muy potente.
Con Tiempo Robado pensamos que era importante agarrarnos de ese registro y llevar aun más el texto desde el tono académico al tono de un testimonio, y así poder inscribir las palabras de Carmen Gloria Aguayo en la serie que comparte con las entrevistadas del Encuentro de mujeres de 1981.
Por cierto, con esa decisión hacemos eco del prólogo escrito por Ana Vásquez en la edición original –personaje importante en esta historia porque probablemente haya sido ella quien presentó a Carmen Gloria y a las editoras Des Femmes-, un prólogo en que nos advierte de esa evidente asimetría de poder entre el relato de Carmen Gloria y las asistentes al Encuentro: dueñas de casas, campesinas, pobladoras, socias de los centros de madres. Mujeres que son identificadas sin apellido, algunas que prefirieron el anonimato, y que no tienen la posición institucionalizada y en extremo visible de Carmen Gloria.
Lo único que por el momento tenemos de ellas son estos testimonios. Agradezco a Christine Villeneuve y Elisabeth Nicoli, actuales editoras de Des Femmes, que están buscando incansablemente esos audios y transcripciones originales que no quieren aparecer. Pensemos que la editorial en esos años y por mucho tiempo trabajó de forma muy artesanal y con pocos recursos, así que no dio abasto para clasificar el material que les iba llegando de esta cruzada internacional. Hoy tienen cientos de documentos aun sin catalogar y no perdemos la esperanza.
Por ahora solo contamos con esta traducción que nos alegra mucho poner al servicio de una laguna historiográfica muy grande que existe respecto de estos Encuentros organizados por la Coordinadora Nacional Sindical, tal como nos enseñaron en este proceso: las compañeras de la Biblioteca Nacional, el Archivo Nacional, el Museo de la memoria o la Corporación La Morada, que nos acompañaron en esa búsqueda infructuosa del afiche del Encuentro, de actas, de registros. Por ahora no aparece nada y toda pista sigue siendo bienvenida. Mención especial para Fernanda Budrovich de la Corporación La Morada que, si bien no pudo ayudarnos con información sobre el Encuentro, nos dio el contacto de José Vicente Sota, hijo de Carmen Gloria, a través de quién conocí también a su hija María Elena, quienes de manera muy cálida y generosa han aportado muchísimo para este trabajo.
Así es que fuimos preparando esta traducción, un trabajo que evidentemente no hice sola, sino con todas estas personas que nos han enseñado tanto sobre las condiciones de posibilidad para la existencia de este libro. Particularmente importante ha sido el trabajo con las editoras de Tiempo Robado, Claudia Marchant y Gloria Elgueta, con quienes escribimos de forma conjunta todas las notas al pie para este libro, notas que imaginamos como una forma de hilar los hechos históricos que repasa este libro y que solo existen en la sinergia de los testimonios que lo componen.
Tal como he dicho en otros espacios, siento estas palabras como mensajes arrojados en una botella al mar y que cuarenta años después se transforman en esta traducción, llevando a cuestas todos estos vaivenes aquí les cuento. Es finalmente un gran “de boca en boca” que sin duda transforma el sentido original de esas palabras pero no porque las tergiverse sino porque las enriquece, en cuanto en el camino abre paso a la construcción de nuevas confianzas, nuevas alianzas y nuevas redes; abre la posibilidad de producir comunidad y una narrativa común, que es, en último término, el gran cahuín del que les invitamos a formar parte.
