Presentación realizada en La Cafebrería el martes 27 de mayo de 2025.
Quisiera empezar agradeciendo a Stephan Ruderer por acompañarnos hoy y, por supuesto, a las compañeras de la editorial Tiempo Robado, y en particular a Claudia y a Gloria, por haber publicado este libro que desde ningún punto de vista es un libro fácil.
Agradezco asimismo la presencia de mis compañeras desobedientes, y la presencia de todos ustedes.
Este libro decía, no es un libro fácil. Es un libro doloroso, y quizás también un libro polémico, ya que los autores y autoras que participamos en él somos todos descendientes de criminales de lesa humanidad, y pertenecemos por lo tanto a las zonas más oscuras y menos exploradas de la memoria histórica. Yo misma soy hija de sobrevivientes de la dictadura, y al mismo tiempo sobrina de un responsable de crímenes de lesa humanidad.
Para explicar el surgimiento del colectivo del cual los autores y autoras de estos escritos formamos parte, quisiera empezar con un breve relato.
Perdidos en los recovecos de la Historia, depositarios de sus más grandes silencios y sus más radicales contradicciones, uno a uno fueron llegando los Desobedientes, sin otro equipaje que un puñado de relatos por construir. Se dice que los grandes encuentros son obra del destino: el mundo se pliega a la posibilidad de lo que se va gestando en una serie de felices coincidencias, hasta que todo converge en determinado punto. No fue así como ocurrió este encuentro, humilde y laborioso acontecimiento cuyo valor reside justamente en haberse producido al margen de cualquier designio o predestinación: “Nos encontramos. No porque nos teníamos que encontrar, ni porque el destino así lo había marcado. Nos encontramos porque lo estábamos buscando”, dice Analía Kalinec, integrante y cofundadora del colectivo en Argentina.
Hubo que conquistar palmo a palmo el territorio íntimo de la conciencia, romper las cadenas de la filiación, asumir la ignominia del desheredado, el bastardo, el paria, el hijo pródigo sin retorno posible, para que ese yo, desde su inmensa soledad, se transformara en un nosotros. El primer gesto de desobediencia, el más elemental, de Historias Desobedientes, es el que hizo posible su constitución misma: fue preciso torcerle la mano al destino.
El colectivo Historias Desobedientes. Familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia es el primero de este tipo en la historia de los grandes crímenes en masa. Surgido en Buenos Aires a principios de 2017, se extendió luego a Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay, El Salvador, España y Alemania. Los integrantes de este grupo somos todos hijos e hijas, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, de los criminales de lesa humanidad que participaron en la represión ejercida durante las dictaduras de nuestros respectivos países. Reconociendo las atrocidades cometidas por nuestros parientes, las condenamos abiertamente para sumarnos a la defensa de los derechos humanos.
Como sugiere la convergencia de términos radicalmente opuestos en el nombre del colectivo (familiares de genocidas/por la memoria…), se trata de un actor político esencialmente paradójico en el sentido literal de la palabra, ya que contradice los principios de la lógica, del sentido común, de la doxa anclada en los estereotipos y las representaciones que definen nuestra cultura. Desde esa perspectiva, los desobedientes no solo no estábamos destinados a encontramos, sino que estábamos destinados a no encontrarnos, en la medida en que cada uno de nosotros, en tanto descendiente de represor, estaba destinado a no desobedecer. Las razones son evidentes: no existe atavismo más implacable que el de la filiación, secreto más potente que el de familia, estigma más grande que el del crimen, ni factor de aislamiento más radical que la culpa o la vergüenza. Así, nuestro encuentro es en sí mismo un acto de resistencia y de libertad. Porque la desobediencia, manifestación por excelencia del libre arbitrio, requiere un trabajo, un esfuerzo, y representa una elección voluntaria cuyo costo es preciso asumir.
Dar cuenta de ese trabajo, ese esfuerzo y esa elección, es el objetivo de este libro, compilación de textos que figuran en los distintos volúmenes que el colectivo había publicado hasta ahora, a casi diez años de su surgimiento: Escritos desobedientes, en 2018; Nosotrxs, Historias Desobedientes, en 2020; y Desobediencia de Vida, en 2022. Todos estos libros fueron publicados en Argentina, y es para nosotros una gran alegría que Tiempo Robado haya tomado a su cargo esta Antología desobediente, el primer y por ahora el único libro del colectivo publicado en Chile. A los textos seleccionados se sumaron 6 inéditos, en particular de una autora proveniente de España (nieta de un policía franquista) y de 4 autoras alemanas (una hija y tres nietas de criminales nazis).
La primera parte de esta Antología, “¿Quiénes somos?”, contiene los distintos manifiestos y declaraciones de principios que marcaron la fundación del colectivo en cada país. La segunda parte, “Relatos de vida”, recoge textos de carácter testimonial escritos en su totalidad por los integrantes del colectivo. Los treinta desobedientes cuyos textos figuran en esta segunda parte y en la tercera provienen de los ocho países a los cuales se ha extendido el movimiento.
Concretamente, en esta antología encontrarán escritos de 7 desobedientes de Chile, 8 de Argentina, una de Uruguay, una de Paraguay, una de El Salvador, una de España, 4 de Alemania, y un manifiesto colectivo de los desobedientes de Brasil.
La tercera parte, “Reflexiones desde y sobre la desobediencia”, contiene consideraciones sobre las implicaciones sociales y políticas del colectivo, desarrolladas por algunos desobedientes, así como por académicos, periodistas y militantes por los derechos humanos.
De modo general, uno de los cuestionamientos centrales que sugiere este volumen tiene que ver con las condiciones de transformación de lo personal en político, en el marco de un actor social surgido no como consecuencia lógica de algo, sino a pesar de todo. “Lo personal es político”, dice el conocido eslogan feminista. Como el propio feminismo, este colectivo cuyas fundadoras y la mayoría de sus miembros, significativamente, son mujeres, surge en efecto a partir de la politización de lo personal, de lo íntimo, y aun de todo aquello que es por definición lo más marginalizante (de nuevo, el estigma, la culpa, la vergüenza…).
Lo personal constituye en principio una intricada trama de rasgos que determinan la unicidad de cada cual. Es solo cuando uno o algunos de esos rasgos se comparten que lo colectivo empieza a tomar forma. Una característica personal que no se comparte constituye la marca de una individualidad, pero no necesariamente el germen de lo político. Los manifiestos y declaraciones con los que se abre el libro sacan a la luz aquellos rasgos que nos reúnen y nos definen como colectivo. Se trata de rasgos estructurados, obviamente, en torno al eje fundamental de la desobediencia:somos, antes que nada, las y los desobedientes. Es por esa puerta que entramos en lo político. Y la desobediencia en tanto rasgo compartido implica, en nuestro caso, la transgresión de reglas y normas primordiales de la cultura: “honrarás a tu padre y madre”… Del padre a la Patria –con su etimología común, pater– pasando por el Estado, la transversalidad de nuestra desobediencia compartida aparece como la condición primera de la transformación de lo personal en político; del yo en nosotros.
Por otra parte, la importancia de estos manifiestos y declaraciones redactados colectivamente está relacionada con uno de los principales desafíos que Historias Desobedientes tuvo que enfrentar desde surgimiento, a saber la constitución de un ethos en torno a aquello que hace más vulnerables a sus miembros: el hecho de tener vínculos de parentesco con criminales (y de reconocerlo abiertamente), condición que no solo dificulta la constitución de ese ethos, sino que impone de entrada una “ética negativa” que ha sido necesario desmontar a golpes de verdad. Así, los manifiestos, declaraciones y comunicados hicieron posible un trabajo de deconstrucción paralelo a la definición de una ética que pudiera considerarse como “positiva” tanto por los valores que proclama como por el gesto de afirmación que supone: una ética asumida y no padecida, elegida y no impuesta. Ninguna forma de dignidad o legitimidad estaba dada de antemano. Para poder ser, individual y colectivamente, los desobedientes tuvimos que definir de entrada lo que no somos: gritarlo fuerte en la plaza pública, demostrarlo ante los ojos de los demás.
Ahora bien, en el paso de lo personal a lo político, compartir ciertas características implica necesariamente no compartir otras; porque somos distintos, porque cada cual es único, y porque esa es la condición de la alteridad. Dichas características individualizantes confieren a lo personal su carácter irreductible. Ellas no dejan de estar presentes en lo colectivo, de enriquecer el intercambio, de dificultarlo a veces, pero sobre todo de alimentar la infinita diversidad de las historias, de nuestras historias. En los relatos de vida contenidos en la segunda parte, cada desobediente muestra el solitario camino que, entre dudas, temores y terribles descubrimientos, lo condujo al territorio común de la desobediencia. En esta parte se plantea precisamente el problema de la identidad de un colectivo basado en un conjunto de alteridades tanto más aisladas y radicales cuanto que están atravesadas por el secreto, por el mandato de silencio y por contradicciones propiamente insuperables. Hay desobedientes para los que el represor se identifica y se confunde con el padre: torturador en sus horas de “trabajo”, maltratador en casa. Pero hay otros para los cuales la figura paterna está totalmente disociada de la figura del perpetrador: el buen padre, el padre amoroso, era por otro lado, en otros lados, un criminal. La colisión entre amor y repudio conlleva cuestiones éticas que estamos lejos de haber resuelto. En todo caso, está claro que el tránsito de lo individual a lo colectivo implica la suspensión de ciertas especificidades –a veces las más terribles– de nuestras propias historias y nuestros procesos psíquicos. Así, para acceder al ámbito de lo político, es preciso atenuar, negociar y sobre todo respetar todo aquello que nos distingue, teniendo siempre como horizonte aquello que nos reúne. Porque en eso que nos reúne, íntimo y sin embargo compartido, radica el germen lo político.
Tener en común ciertos rasgos, decía, es la primera condición de acceso a lo político; reconocer y modular las diferencias (explicitadas en los “Relatos de vida”), es la segunda condición. Según lo que este libro sugiere, la tercera condición sería la exploración de una dimensión que se puede llamar metadiscursiva. Me explico. Los primeros textos publicados por Historias Desobedientes marcaron el surgimiento del colectivo en la medida en que en ellos los distintos autores afirmaban su existencia, enunciándose individual y grupalmente. Pero nuestra consolidación como actor político se produjo, creo, en el paso de un colectivo que se enuncia a un colectivo que se piensa. “Decir el pensar” primero, para luego, tomando distancia y altura, “pensar el decir”. Tal es el objetivo de las reflexiones desde la desobediencia (es decir, escritas por los miembros del colectivo) que contiene la tercera parte.
Una última condición, fundamental, para la transformación de lo personal en político, me parece ser la apertura al diálogo con otras formas de lo personal, y con otras formas de lo político. De ese diálogo emanan las reflexiones sobre la desobediencia, contenidas también en la tercera parte y escritas por personas exteriores al colectivo, entre las cuales se encuentran Nora Cortiñas (Norita), Daniel Feierstein, el abogado de derechos humanos Pablo Llonto y las psicólogas Adriana Taboada y Ana Berezín. En última instancia, es ese diálogo lo que nos ha permitido acceder plenamente a lo político. A todos y cada uno de los autores que de ese modo nos tendieron la mano, a nosotros, que venimos de tan lejos, no podemos sino decirles, una vez más, e insistiendo en el alcance político de ese gesto: gracias.
En resumen, este libro plantea las condiciones de transformación de lo personal en político en los siguientes términos:
Lo personal se vuelve político cuando se comparte.
Lo personal se vuelve político cuando se reconocen y se respetan las diferencias.
Lo personal se vuelve político cuando se enuncia y se piensa a sí mismo.
Lo personal se vuelve político cuando se abre al diálogo.
Lo demás (que no es lo de menos) está por verse: cómo seguimos, por dónde, con qué medios. Historias Desobedientes no solo nace, o se autoengendra, a partir de todo aquello cuyo destino era permanecer oculto, sino que se desarrolla bajo el signo de lo desconocido, de lo que aún queda por construir y para lo cual no contamos con orientaciones certeras. En estas condiciones, imposible no sentir, aún hoy, el vértigo de la página en blanco, sobre todo en Chile, donde el desarrollo del colectivo y su aceptación por parte de algunos sectores vinculados al trabajo de memoria ha sido, no sin razón, más difícil que en otros países.
Nunca los versos de Antonio Machado fueron más ciertos: “al andar se hace camino”. Del mismo modo que el discurso o el relato, este colectivo se construye sobre la marcha. Ante nosotros se despliega, sí, un horizonte –el amplio horizonte de la memoria, la verdad y la justicia–, pero la senda que nos conduce a él la trazamos a cada paso; no sin desvíos, no sin titubeos. Los textos que componen este libro muestran y analizan un recorrido a la vez frágil y firme; como la voz que atraviesa el aire o el barco que surca el mar.
Lo que está claro, y lo que seguirá estando claro para las y los desobedientes, es que:
Somos los hijos e hijas, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas
de Eichmann,
de Videla,
de Pinochet,
de Goulart,
de Stroessner,
de Bordaberry,
de Hernández Martínez,
de Franco.
Y, desde esta posición, decimos que las atrocidades por ellos cometidas no habrán sido en nuestro nombre.
