A continuación presentamos el prólogo a la edición chilena de Reflexiones sobre el poder popular. Omar Acha y otros, Santiago, Tiempo robado editoras, 2014, 254 págs.
VIGENCIA Y NECESIDAD DE LAS MEMORIAS DEL PODER POPULAR
Cristóbal Bize Vivanco[1]
Constituyen estas Reflexiones sobre el poder popular, como el conjunto del proyecto editorial Tiempo robado, un esfuerzo decidido por ahondar y proveer densidad crítica en los aún emergentes pero cada vez más fortalecidos debates, enfocados hacia la necesaria transformación del Orden vigente en nuestro país por obra de la dictadura militar. No se trata, ciertamente, de un ejercicio de denuncia de los horrores del terrorismo de estado, o de los intersticios perversos a través de los que llegó a implantarse el modelo; sino de una búsqueda encaminada a rebasar los márgenes así impuestos y a volver fecundas sus fisuras, en vista de las alternativas para imaginar otro Chile posible.
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Congruentemente, la invitación a hacer uso de estas páginas, según pienso, deriva desde el interés que han suscitado en las editoras las experiencias históricas y procesos psicosociales abordados en mi trabajo como investigador.[2] Esfuerzo solidario, este último, con aquel propósito; toda vez que ha buscado comprender, a partir de un caso muy concreto de organización popular, el recorrido que han cursado, hasta nuestros días, los indicios de aquellas vivencias entramadas en la batalla colectiva que durante el periodo 1970-1973, hizo de la construcción de poder popular su afán cotidiano y su horizonte.
Se trata entonces de un abordaje subsidiario de la noción de memoria, que situado en el presente ha buscado abrir con los actores sociales, participantes activos del proceso desarrollado durante la Unidad Popular, diálogos que contribuyan a hilar una trayectoria de luchas potencialmente capaz de, sin desconocer la transformación de la experiencia, permitir a las nuevas generaciones de chilenos reaperturar nuestra propia historicidad.
Es con esta perspectiva que quisiera proponer una lectura del conjunto de artículos que integran esta publicación, con el interés de favorecer la oportunidad para encontrar en ellos, fundados y enfocados en la experiencia argentina, claves de lectura, herramientas conceptuales y quién sabe si también prácticas, que contribuyan a la elaboración de la propia experiencia chilena.
La reflexión que proponen ofrece entradas amplias y diversas, abordando la mayoría de las veces con vocación teórica, los distintos perfiles que presentan los procesos de construcción de poder popular, sea en las experiencias históricamente verificables, o en vista de nuevos proyectos emancipatorios, anclados en el presente pero conscientes, no obstante, de la necesidad de fundamentarse en un análisis crítico de esas primeras experiencias. A su luz, difícilmente podría ocurrir de otro modo, se develan los bemoles que distinguen la experiencia en uno y otro país, hermanados sin embargo, tanto en la lucha como en la derrota, y hoy por hoy, quisiéramos pensar, también en el esfuerzo por encontrar en la historia huellas y aperturas para, como se ha dicho, retomar las preguntas en el punto en que quedaron truncadas.
En el caso chileno se hace fundamental comprender el problema de la construcción de poder popular comenzando desde una noción de territorialidad. Acaso las experiencias históricas más importantes que quisieron encaminarse en ese sentido, y las que alcanzaron mayor desarrollo, tuvieron esa firme raigambre: fábricas, Centros de Reforma Agraria (CERA), poblaciones y en fin, a partir del paro de octubre, cordones industriales y comandos comunales. Todo indica que, en primer término, fue la vivencia concreta de control territorial; la experiencia subjetiva que miles de trabajadores, pobladores y campesinos organizados, hombres y mujeres, desarrollaron materialmente en esos espacios del habitar, lo que inscribió la sustantiva diferencia respecto de cualquier otro periodo histórico. La experiencia de ser “constructores de nuestro propio destino” mediante el ejercicio de democracia directa y autonomía; de interdependencia y reciprocidad articuladas en la palabra ‘compañero’, advino auténticamente revolucionaria.
Y, quizás, no fueron tanto los errores políticos o la división interna de la coalición gobernante, ni siquiera el bloqueo económico o la sedición de la derecha fascista, lo que en el largo plazo, visto desde hoy, caló más hondamente en la sociedad chilena, sino la vivencia innombrable del horror, el miedo generalizado que, cernido masivamente sobre los cuerpos, limitó los vínculos y prescribió las prácticas. El terror llevó al silencio, y éste trajo el olvido.
Por esa vía, una generación completa creció constreñida entre la oclusión del pasado y la naturalización del presente, doble cerrojo que consagraba el fin de la historia: anclado en la tradición del ‘bien común’ el ‘Orden debido’ había llegado para quedarse. Y tanto fue así que, años más tarde, la necesidad de ‘verdad’ fue ponderada con la de ‘reconciliación nacional’ indispensable para la estabilidad del nuevo modelo. Para equilibrar la ecuación, el naciente régimen de ‘democracia protegida’ perpetró una operación de desvinculación simbólica (represión) de las luchas emancipatorias desarrolladas en el periodo previo al golpe militar, desestimando en los relatos históricos, cuando no la existencia, la legitimidad de dichas luchas, individualizando las responsabilidades, inoculando la culpa, y definiendo los límites aceptables para la memoria: la nostálgica conmemoración de los caídos, el reconocimiento del dolor de las víctimas.
No obstante, la vida inexorable, vino una nueva generación. Carente aún, como la anterior, de una adecuada transmisión de las experiencias sociales previas al golpe de estado, pero que sin embargo está siendo capaz de ingresar en la escena pública declarando, en sus propios términos: “aquí estamos los que perdimos el miedo”. Casi por instinto, un poco por sospecha, más por rebeldía que por conocimiento, están siendo sus propias luchas las que más intensamente han vuelto a pronunciar los discursos que, convocando a la historia y la memoria, articulan la noción de poder popular. Hasta ahora se trata únicamente de un significante, puesto en juego, con toda su potencia.
Y entonces, en suma, ¿cuál es el sentido que podemos atribuir a este esfuerzo, hoy vigente, por elaborar las memorias relacionadas con las experiencias de poder popular?, ¿Cuáles sus efectos y posibles eficacias? Quisiera proponer, con el interés de contribuir a este debate, un perfilamiento fundado en dos análisis, incipientes y complementarios:
Por una parte, atendiendo a la experiencia de esta generación joven, nacida en la post dictadura, sugerir que el significante ‘poder popular’ opera como soporte o vehículo de un vector que tiende a reconstituir los nexos entre el presente y las experiencias previas al episodio traumático que representa el golpe de estado. Se trataría del establecimiento de una cadena de significaciones, cuya eficacia material estaría dada por su capacidad de atravesar el murallón simbólico que, levantado durante la dictadura y fraguado en la transición, ha mantenido reprimidas –perdidas para la consciencia- las experiencias de poder popular, abriendo por esa vía las posibilidades para imaginar la transformación: Si nuestra sociedad ha sido siempre igual, naturalmente, lo seguirá siendo; si antes pudo ser distinta, ¿por qué no podría serlo en el futuro también?
No se trata, en ningún caso, de una recuperación literal de las teorías o concepciones políticas vigentes durante la Unidad Popular, menos aún de un ejercicio puramente académico o intelectual orientado a retrotraer sus bondades, o a argumentar la conveniencia del leninismo, la teoría de la dualidad de poderes o del centralismo democrático, sino, más simple pero también más profundamente, de instalar en el presente perfilamientos contra hegemónicos capaces de infundir, creciente y masivamente, un sentimiento de historicidad; de generar las condiciones para una disputa a nivel del sentido común que tienda a dar cabida, nuevamente, a las posibilidades de transformación del Orden social.
Por otra parte, la eficacia de este significante radicaría en una suerte de ensanchamiento del sentido común, por cuanto, puesto en uso, podría interpelar también a las otras generaciones vivas, en esta disputa por la hegemonía. En este caso, se trataría de un movimiento en el que los sectores sociales golpeados y, por esa vía, recluidos mayoritariamente al ámbito privado, podrían sentirse llamados a volver al espacio público, para elaborar en él, colectivamente, un discurso en el que esas experiencias de poder popular por ellos vivenciadas, y al margen de la derrota y el sufrimiento posterior, puedan volver a significarse con un sentido positivo, afirmando que la transformación en marcha durante esos años tenía, y sigue teniendo un fundamento, larga legitimidad.
En esta dirección, este proceso, y especialmente si es en el contexto de una revisión crítica y no meramente reivindicativa, de auto afirmación, o de denuncia, podría ser capaz de asistir, con un saber forjado en la experiencia, a los ejercicios democráticos de discusión, tan urgente en estos días, sobre los profundos conflictos que atraviesan la sociedad en que vivimos; y, conjugando a las tres generaciones concernidas, contribuir a sustraer al poder popular desde los intersticios abstractos de la utopía y el utopismo, para volverlo muy concretamente, a través de esa práctica de debate y transmisión, instrumento de construcción contra hegemónica.
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[1] Psicólogo. Realizó estudios de Maestría en Historia de Chile en la Universidad de Santiago. Actualmente se desempeña como coordinador de proyectos en el Centro Cultural Museo y Memoria de Neltume y cursa el programa de Doctorado en Ciencias Humanas de la Universidad Austral.
[2] Ver: Hacia una experiencia de poder popular: Los trabajadores de la madera en la cordillera de Valdivia. (Neltume, 1970 – 1971). En: Piper, I. e Rojas, B. (2012). «Memorias, Historia, Derechos Humanos». Programa Domeyko Sociedad y Equidad, Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile.